viernes, 24 de noviembre de 2017

Boxeo

Un Rocambole.
"El boxeo sigue siendo un deporte épico porque se basa en reglas de la carne que enfrentan al hombre con sus posibilidades. Hasta el hombre más insignificante de la Tierra puede demostrar su valía con sus manos, con su rabia. El combate te enfrenta a situaciones límite que la vida contemporánea ha hecho casi imposibles. En el ring comprendes quién eres y lo que vales. Cuando combates no cuenta el derecho, no cuenta la moral, no cuenta nada que no sea tu perímetro de carne, tus manos, tus ojos. La velocidad al golpear y esquivar, la capacidad de sobrevivir o sucumbir, de vencer o huir. En el contacto físico no puedes mentir. No puedes pedir ayuda. Si lo haces, aceptas la derrota".

Roberto Saviano, Tatanka Scatenato, 2008

martes, 31 de octubre de 2017

La cultura de las excusas

"Bueno, tenemos que ser breves porque el tiempo en televisión es tirano. Quería hablarles de una cosa: nosotros, la selección de voleibol italiana, nos hicimos populares porque ganamos mucho. Y muchas veces nos preguntan cómo se hace para tener una mentalidad de ganador. Y yo respondo banalmente: se obtiene ganando. Ganando… ¿En qué sentido? En el sentido de que muchas veces se piensa que ganar es solamente derrotar al adversario, mientras que ganar significa también superar tus propios límites. Esta es la primera victoria que hay que obtener. Por ejemplo, cuando uno ya es adulto y aprende un deporte nuevo, como puede ser el esquí, cuando lo logra, obtiene una satisfacción como si hubiese ganado un partido. Ganar es también resolver las dificultades. Esta es otra victoria que existe en la vida, como en el deporte. Y por último está la victoria ante el adversario. Por otra parte, nosotros vivimos en este momento en una sociedad que pretende asimilar toda la vida como si fuese un campeonato. Como si el deporte se pudiese trasladar a todas las situaciones de la vida. Ahora nos dicen "Sea el mejor, coma tal marca de pasta", "Gane en la vida, use tal auto". La vida, en cambio, no es un campeonato. Nosotros, que nos dedicamos al deporte, tenemos una tarea particularmente difícil, sobre todo porque en el deporte no basta con hacer bien las cosas. Nosotros debemos hacerlas mejor que los demás. Si nosotros hacemos las cosas bien y después perdemos por una pelota, como pasó en Barcelona, con el 17-16 en el último set, pocos se acuerdan si perdimos por mucho o por poco, y está bien, el deporte es así. Pero en la vida las cosas son diferentes, no es que si uno hace un punto menos que otro es un perdedor. No hay que creer eso. A lo que sirve el deporte, en cambio, según mi opinión, aunque todos hablen de la importancia del aspecto educativo, pero después le tengan miedo a la competencia en la escuela, como si la competencia de por sí no estuviese, como si a los chicos no les dijesen: "Preparate para la vida, porque la vida es muy dura y hay que ser el mejor: estudia desde chico". El deporte enseña, y sirve para aprender a perder además de ganar. Sirve para aprender que para ganar hay que hacer las cosas bien, hay que sacrificarse, hay que ser eficiente y hay que darle importancia a las cosas importantes y a las cosas menos importantes, aunque el precio a pagar sea muy costoso. Pero sirve también para aprender a perder. El verdadero deportista sabe que no se puede ganar siempre. La excepción es ganar siempre. Lo normal es el alternar entre la victoria y la derrota. Yo siempre dije que estoy muy orgulloso de la Nazionale, que ganó dos Mundiales, dos Copa de Europa, etc. Pero estoy también muy orgulloso del equipo que perdió en los Juegos Olímpicos de Barcelona por un motivo: porque supieron perder. Cuando perdimos, no dijimos que fue culpa del árbitro, que tuvimos mala suerte, o que la federación no nos apoyó, o que fue culpa de tal jugador o del técnico. Dijimos que el adversario fue más fuerte que nosotros, punto y aparte. Nosotros construimos una mentalidad, con el equipo combatiendo, eso que nosotros llamamos la cultura de las excusas. ¿Que qué es? Es la eterna explicación de que no consigo hacer algo no porque yo no quiera o pueda, sino porque hay obstáculos que yo no puedo vencer y no puedo modificar. No es que yo no gané porque no fui el mejor, sino que circunstancias externas lo impidieron. Había un equipo de básquet que era "El equipo de los sueños" de los americanos. Lo dije muchas veces: "Nosotros no somos el equipo de los sueños: somos un equipo que sueña". Soñamos con ganar unos Juegos Olímpicos y vamos a hacer todo lo posible para ganar, y si no lo conseguimos no nos vamos a considerar perdedores. Sabremos que fallamos al objetivo y que fallar no quiere decir que somos una mierda. Esto es válido sobre todo para los jóvenes: ustedes tienen que intentar ganar todo lo que puedan. Pero no crean en esos que les dicen que el mundo se divide entre ganadores y perdedores. El mundo, para mí, se divide entre buenas y malas personas. Esta es la división más importante. Luego, entre las malas personas, habrá, lamentablemente, ganadores; y entre las buenas personas, claro, habrá quien pierda también. Gracias".

Julio Velasco, entrenador argentino de vóley

domingo, 29 de octubre de 2017

La piedra de la verdad

El soberano era un hombre respetado en todo el mundo; su sonrisa apacible mostraba que vivía, efectivamente, a cuerpo de rey; pero en su interior su alma era pequeña y mezquina como una arvejita. Tenía dos hijos: el menor era de su agrado, pero temía al mayor. Una mañana sonaron los tambores en el castillo, y el rey partió con sus hijos a caballo, seguido por una importante escolta.
Marcharon por dos horas hasta llegar al pie de una montaña oscura, muy escarpada y casi sin vegetación.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó el hijo mayor.
—Atravesaremos esa montaña —dijo el rey, y sonrió para sí.
—Mi padre sabe lo que hace —replicó el hijo menor.
Cabalgaron dos horas más, hasta llegar a orillas de un río negro que era increíblemente profundo.
—¿Adónde vamos? —preguntó el mayor.
—Cruzaremos el río negro —dijo el rey, y ocultó una sonrisa.
—Mi padre sabe lo que hace —dijo el menor.
Luego de cabalgar todo el día, con las últimas luces del atardecer, llegaron al borde de un lago, donde se alzaba un castillo.
—Ése es nuestro destino —dijo el rey—, es la morada de un rey que también es sacerdote; en esa casa aprenderán cosas muy importantes.
El señor de la casa —que era rey y también sacerdote— los aguardaba en la entrada. Era un hombre de aspecto solemne. A su lado estaba su hija: tenía la belleza del amanecer, la sonrisa suave y los párpados entornados con recato.
—Éstos son mis dos hijos —dijo el primer rey.
—Y ésta es mi hija —dijo el rey que era también sacerdote.
—Es una doncella muy hermosa y delicada —continuó el primer rey —, y me agrada la manera cómo sonríe...
—Tus hijos son gallardos —respondió el segundo rey—, y me gusta su seriedad.
Los dos reyes se miraron y se dijeron: "Puede que esto resulte bien".
Entretanto, ambos jóvenes contemplaban a la doncella. Uno de ellos palideció y el otro se ruborizó, mientras ella miraba hacia abajo y sonreía.
—Ésta es la doncella con la que me voy a casar —dijo el hermano mayor—, pues creo que me ha sonreído.
Pero el menor tomó al padre del brazo.
—Padre —dijo—, permíteme decirte una palabra al oído: si cuento con tu apoyo y aprobación, ¿no podría ser yo quien se casara con la doncella, puesto que me parece que es a mí a quien sonríe?
—Y yo te digo —contestó el rey, su padre—: la paciencia asegura una buena cacería, y guardar silencio es signo de prudencia.
Entraron en el castillo y fueron agasajados con un festín. La casa era hermosa e imponente y los jóvenes quedaron maravillados. El rey que era sacerdote estaba sentado en la cabecera de la mesa y permanecía en silencio, así que los jóvenes mantuvieron una actitud reverente. La doncella les servía con su discreta sonrisa, de modo que el corazón de los jóvenes se colmaba de amor.
Cuando el mayor se levantó al amanecer, encontró a la doncella hilando, puesto que la joven era hábil y diligente.
—Doncella —le dijo—, quiero casarme contigo.
—Debes hablar con mi padre —respondió, mientras miraba hacia abajo sonriendo, y lucía como una rosa.
"Su corazón me pertenece", se dijo el hijo mayor y, cantando, se encaminó hacia el lago.
Poco después llegó el hijo menor.
—Doncella —le dijo—, si nuestros padres lo aprueban, mucho desearía casarme contigo.
—Puedes hablar con mi padre —respondió ella. Miró hacia abajo, sonrió y floreció como una rosa.
"Es una joven respetuosa de su padre", se dijo el menor. "Será una esposa obediente". Y entonces pensó: "¿Qué debo hacer?".
Recordó que el rey, su padre, era sacerdote, así que se dirigió hacia el templo y sacrificó una comadreja y una liebre.
Rápidamente se propagaron las noticias; los dos jóvenes y el primer rey fueron convocados ante el rey que también era sacerdote, quien los aguardaba sentado en su trono.
—Poco me importan bienes y posesiones —dijo el rey que también era sacerdote—, y poco el poder. Pues nuestra vida transcurre entre las sombras de las cosas y el corazón está hastiado del viento. Pero hay una cosa que amo, y ésa es la verdad. Y sólo por una cosa entregaré a mi hija, y ésa es la piedra de la verdad. Porque al reflejarse en esa piedra, las apariencias se esfuman y se ve la esencia del ser, y todo lo demás carece de valor. Por lo tanto, jóvenes, si desean desposar a mi hija, vayan en busca de esa piedra y tráiganmela porque ése es el precio por ella.
—Padre, permíteme decirte una palabra al oído —dijo el menor a su padre—. Creo que podríamos arreglarnos muy bien sin esa piedra.
—Y yo te digo —respondió el padre—: comparto tu idea, pero guardar silencio es lo más prudente. —Y le sonrió al rey que también era sacerdote.
Pero el hijo mayor se dispuso a partir y se dirigió al rey que era sacerdote con el nombre de "padre".
—Ya sea que despose o no a tu hija, me permitiré llamarte con ese nombre por amor a tu sabiduría, y de inmediato saldré a recorrer el mundo en busca de esa piedra.
Se despidió y se lanzó a cabalgar por los cuatro vientos.
—Creo que yo haré lo mismo, padre, si tengo tu permiso, pues esa doncella está en mi corazón.
—Tú vendrás a casa conmigo —respondió el padre.
De modo que cabalgaron de regreso a su hogar; al llegar al castillo, el rey guió a su hijo hacia la estancia donde guardaba sus tesoros.
—He aquí —dijo el rey— la piedra que muestra la verdad, pues no hay otra verdad que la simple verdad, y si te miras en ella, te verás tal como eres.
El hijo menor se miró en ella, y vio su rostro como el de un joven imberbe, y se sintió muy complacido, ya que la piedra era también un espejo.
—No se trata de algo tan especial que merezca un gran esfuerzo —dijo—, pero si me permite desposar a la doncella, bienvenido sea. ¡Qué tonto es mi hermano! ¡Sale a recorrer el mundo buscando algo que está en su propia casa!
Y así fue que cabalgaron de regreso hacia el castillo y le mostraron el espejo al rey que era sacerdote.
Cuando se hubo mirado en el espejo y se vio a sí mismo como rey y a su castillo y a su trono tal como eran, comenzó a bendecir a Dios a viva voz, y dijo:
—Ahora sé que no hay otra verdad más que la simple verdad, que soy en realidad un rey, aunque mi corazón me llenaba de dudas.
Y mandó destruir su templo y construir uno nuevo, y el hijo menor del primer rey se casó con la doncella.
Mientras tanto, el hijo mayor recorría el mundo en busca de la piedra de la verdad; cada vez que llegaba a un paraje habitado, preguntaba a los lugareños si habían oído hablar de aquella piedra.
Y en todas partes le respondían:
—No sólo hemos oído hablar de ella, sino que somos los únicos, entre todos los hombres, que la poseemos, y desde siempre cuelga a un lado de nuestra chimenea.
Entonces el hijo mayor sentía gran alegría y rogaba que le permitieran verla. Algunas veces se trataba de un trozo de espejo, que reflejaba las cosas tal como se veían, y el joven decía:
—No puede ser ésta, porque tiene que haber algo más que la apariencia.
Otras veces se trataba de un trozo de carbón, que nada reflejaba, y él decía:
—Es imposible que sea ésta, pues ni siquiera muestra las apariencias.
En más de una ocasión encontró una piedra de toque real, de bellos matices, lustrosa y resplandeciente; en tal caso, rogaba que se la dieran, y la gente así lo hacía, pues todos los hombres eran generosos de aquel obsequio, hasta que, por fin, su saco estuvo tan lleno de tales piedras que chocaban y resonaban entre sí mientras cabalgaba. Cada tanto se detenía a la vera del sendero, sacaba las piedras y las ponía a prueba hasta que la cabeza le giraba como aspas de molino.
—¡Maldito sea este asunto! —exclamó el hijo mayor—. ¡No percibo su fin! He aquí la piedra roja, allá la azul y la verde, todas me parecen excelentes, y sin embargo, una empalidece a la otra. ¡Maldito sea el trato! Si no fuera por el rey que es un sacerdote, y al que he llamado padre, y si no fuera por la hermosa doncella del castillo, que endulza mis labios y colma mi corazón, arrojaría todas las piedras al agua salada, y regresaría a mi hogar para ser un rey como cualquier otro.
Pero él era como el cazador que ha visto un ciervo en las montañas, y aunque caiga la noche y se encienda el fuego y las luces brillen en su hogar, no puede arrancar de su corazón las ansias de poseer aquel ciervo...
Y bien, después de muchos años, el hijo mayor llegó a la orilla del mar; la noche era oscura y el lugar desolado. Se sentía el clamor de las olas. Por fin divisó una casa y a un hombre sentado a la luz de una vela, pues no tenía fuego. El hijo mayor se acercó a él y el hombre le ofreció agua para beber, pues no tenía pan; y movió la cabeza cuando le habló, pues carecía de palabras.
—¿Tienes tú la piedra de la verdad? —preguntó el hijo mayor, y cuando el hombre asintió con la cabeza, exclamó—: ¡Debí haberlo imaginado! ¡Tengo conmigo un saco lleno de piedras! —Y rió, aunque su corazón estaba exhausto.
El hombre rió también, y con el aliento de su risa apagó la vela.
—Duerme —le dijo el hombre—, porque creo que has llegado muy lejos, tu búsqueda ha concluido y mi vela ya no tiene luz.
Entonces, por la mañana, el hombre puso un simple guijarro entre sus manos. Carecía de belleza y de matices. El hijo mayor lo miró con desprecio, meneó la cabeza y se fue, porque aquello le parecía muy poca cosa.
Cabalgó durante todo el día, tranquilo de mente, y aliviado su deseo de cazar.
—¿Y si este pequeño guijarro fuera la piedra de la verdad, después de todo? —murmuró para sí; se apeó del caballo y vació su saco a un lado del sendero.
Unas junto a otras, todas las piedras parecían desprovistas de matices y de fuego, y empalidecían como las estrellas del amanecer, pero a la luz del guijarro mantuvieron su belleza, aunque el guijarro era, entre todas, la más brillante.
El hijo mayor se golpeó la frente:
—¿Y si ésta fuera la verdad? —exclamó—. ¿Que todas ellas encierran un poco de verdad?
Tomó el guijarro y dirigió la luz hacia el cielo y el cielo abismó su alma; dirigió la luz hacia los cerros, y las montañas eran frías y escarpadas, pero la vida corría por sus laderas de modo que su propia vida renació; dirigió la luz hacia el polvo, y lo contempló con alegría y temor; dirigió la luz hacia sí mismo, y cayó de rodillas y elevó una oración.
—Gracias a Dios —susurró el hijo mayor—, he encontrado la piedra de la verdad, y ahora puedo regresar al castillo del rey y de la doncella que endulza mis labios y colma mi corazón.
Pero cuando llegó al palacio vio a unos niños jugando delante de la puerta donde el rey lo había recibido en los viejos tiempos, y se desvaneció su placer, pues dentro de su corazón pensó: "Mis propios hijos deberían estar jugando aquí".
Cuando entró en el castillo su hermano estaba sentado en el trono y la doncella a su lado. Sintió ira, pues dentro de su corazón pensó: "Yo debería estar sentado en ese trono, con la doncella a mi lado".
—¿Quién eres tú? —dijo su hermano—. ¿A qué has venido a mi castillo?
—Soy tu hermano mayor —le respondió— y he venido a tomar por esposa a la doncella, pues he traído conmigo la piedra de la verdad.
El hermano menor rió a carcajadas.
—¿Cómo dices? Yo encontré la piedra de la verdad hace años y me casé con la doncella y los niños que viste jugando son nuestros hijos.
Ante estas palabras, el rostro del hermano mayor adquirió el tono gris del alba:
—Ruego que hayas obrado con justicia, porque percibo que he malgastado mi vida.
—¿Con justicia? —dijo el hermano menor—. No es digno de ti, que eres un prófugo y un vagabundo, dudar de mi justicia o de la del rey, mi padre, pues ambos somos sedentarios y conocidos en toda la comarca.
—No —dijo el hermano mayor—, posees todo lo demás, pero ten paciencia también, y permíteme decirte que el mundo está lleno de piedras de la verdad, y no es fácil saber cuál es la auténtica.
—No me avergüenzo de la mía —dijo el hermano más joven—. Aquí la tienes, mírate en ella.
Entonces el hermano mayor se miró en el espejo y se asombró de pena, porque ya era un anciano de cabellos blancos. Se sentó en la sala y lloró.
—Ah —dijo el hermano más joven—. Fuiste un tonto; recorriste el mundo buscando lo que se encontraba en el tesoro de nuestro padre, y regresaste como un pobre viejo infeliz al que ladran los perros, sin mujer y sin hijos. Y yo, que cumplí con mi deber y fui cauto, estoy aquí, sentado en mi trono, coronado de virtudes y placeres, y feliz a la luz de mi hogar.
—Creo que tu lengua es cruel —dijo el hermano mayor, y sacó del bolsillo su simple guijarro y dirigió su luz sobre su hermano. ¡Ah! El hombre mentía, su alma se había encogido hasta el tamaño de una arvejita, y su corazón era una bolsa llena de pequeños temores parecidos a escorpiones, y el amor había muerto en su pecho. Entonces el hermano mayor lanzó un grito, y dirigió la luz hacia la doncella. ¡Oh! No era sino una máscara de mujer, y estaba muerta en su interior, y sonreía como hace tictac el reloj, sin saber siquiera por qué.
—¡Qué vamos a hacer! —dijo el hermano mayor—. Veo que existe tanto lo bueno como lo malo. Espero que les vaya bien en el palacio. Yo iré por el mundo con mi guijarro en el bolsillo.

Robert Louis Stevenson, en Cuentos breves para leer en el bus 1, 2004

sábado, 21 de octubre de 2017

La electricidad de los pensamientos

-¿Qué le pasa a Mateo? -le preguntó Alan a Ezequiel, y escupió con la lengua en "u" la pipa salada hacia la parte soleada de la tribuna de tres escalones.

-Nada -le respondió Ezequiel.


-¿Cómo que nada, boludo? ¿Por qué se tapa los oídos después de meter los goles? ¿Por qué pide que se callen los que lo felicitan y le cantan? ¿Por qué se enoja cuando lo aplauden?


En la tribuna de enfrente, en diagonal, el padre de uno de los chicos del equipo visitante le gritaba al hijo que pusiera más huevos, que no sea maricón, que no podían estar bailándolo así. Ezequiel lo miró a la distancia: negó levemente con la cabeza. Sentarse a un costado, alejado de los padres de los pibes, había sido una decisión acertada, aceptó. Al fin y al cabo, se dijo, él era el tío.


Mateo pasó en velocidad por la línea lateral opuesta a ellos y clavó el derechazo arriba, imposible para el arquero, un nene de nueve años que no hubiese llegado aunque saltara como Michael Jordan. Era el quinto gol de Mateo. Argentino le ganaba 5-1 a Juventud en la categoría 2008. Ezequiel le rogó a Alan que dejara de expulsar las semillas de girasol como si fueran misiles norcoreanos. Sujetó la bombilla para dibujar un círculo mínimo en la yerba y cebó un mate amargo.


-¡Faulll, la concha de tu madre, faulll! ¡Cobrá, viejo! -gritó el padre. El árbitro paró el partido. Le subió el dedo índice y le señaló la puerta del club. "Una más y se va, señor", soltó en medio de la quietud. Ezequiel reconoció que el árbitro era el taxista de la estación que solía comer una tira de asado con papas fritas mediodía de por medio en la parilla de enfrente, cuando él pasaba yéndose al trabajo.


Se semblantearon con Alan para marcar lo insoportable.


-¿Te volviste a ver con Ayelén? -le preguntó el Gordo.


-Sí -dijo.


-¿Y?


-¿Y qué?


-¿Qué onda?


-Bien.


-¿Bien qué, boludo? ¿Podés ponerle vida a tus palabras?


-¿Sabés qué me explicó Mateo? -retomó el tema Ezequiel, y presionó, a la altura del tabique, los lentes negros de sol.


-¿Qué?


-El otro día, mientras le pasaba la franela con Blem aroma naranja a los botines, una sugerencia muy atinada de la madre, sí, me contó que no le gusta que lo aplaudan y lo feliciten mientras juega porque después de eso lo sacan, y él quiere jugar hasta el final. Cosa de chicos, ¿no? O lo que es la electricidad de los pensamientos...


-¿La qué? -se sorprendió Alan, recibiendo el mate de Ezequiel.


Al lado del otro córner, los chicos tomaban todos juntos el vaso de jugo alrededor de una mesa de plástico, un clásico después de cada partido de baby fútbol de los sábados. Mateo apuró el último sorbo y comenzó a caminar hacia ellos. Abrió el alfajor de dulce de leche. Cuando se acercó, Ezequiel le dijo que se atara el cordón del botín derecho.


-¿Qué hacés, Steve Hyuga? Muy buen partido, loco -lo saludó Alan.


-¿Me lo atás vos, tío? -pidió Mateo, sin soltar el alfajor, sonriéndole al Gordo.


Ezequiel se inclinó y le indicó que pusiera el pie en su muslo. Mientras trataba de deshacer el nudo que se había formado en una punta del cordón, Mateo le preguntó bajo, sin que escuchara Alan.


-¿Quién es ese? ¿Juega mejor que Messi?


-Uf, juega diferente. Es un supercampeón que se entrena pateándole a las olas del mar.


Mateo achinó los ojos en la resolana. Hizo un gesto de incomprensión con la boca. Bajó el pie y, como todavía no había empezado el partido de la siguiente categoría, sacó la pelotita de tenis del botinero y corrió hacia el arco.


De su cabeza, una luz brillosa 
salió.

domingo, 8 de octubre de 2017

Linda boquita y verdes mis ojos

[…]

Foto: Fernando Morán.
-Bueno, bueno. Tratemos de tomar las cosas con un poco más de calma, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano. Miró de pronto a su derecha, donde un cigarrillo, prendido un momento antes, hacía equilibrio en el borde de un cenicero. Por lo visto se había apagado, y no hizo ademán de tomarlo-. Para empezar -dijo en el teléfono-, te lo he dicho ya infinidad de veces, Arthur, ese es justamente el error más grande que puedes cometer. ¿Sabes cuál es? ¿Quieres que te lo diga? Haces todo lo posible, te lo digo en serio, ahora te esfuerzas por torturarte. En realidad, eres tú quien incita a Joanie -calló-. Tienes la suerte de que ella sea una chica maravillosa. En serio. Y para ti carece en absoluto de buen gusto… y de inteligencia. Diablos, y entonces, si vamos al caso…

-¡Inteligencia! ¿Estás bromeando? ¡No tiene ni pizca de cerebro! ¡Es un animal!

El hombre entrecano respiró hondo, y sus fosas nasales se dilataron:

-Animales somos todos -dijo-. En el fondo, todos somos animales.

-Yo no soy ningún animal. Seré un imbécil, un engañado hijo de mala madre del siglo veinte, pero animal no soy. No me vengas con esas, un animal no soy.

-Escúchame, Arthur. Esto no nos conduce a…

-¡Inteligencia! ¡Dios Santo! Si supieras lo cómica que resulta. Ella se considera toda una intelectual. Eso es lo que da más risa. Lee la página de los teatros, y mira televisión hasta quedarse prácticamente ciega. Y por eso se cree intelectual. ¿Sabes con quién me he casado? ¿Quieres saber con quién me he casado? Estoy casado con la más grande actriz en ciernes todavía sin descubrir, la más grande novelista, psicoanalista y genio no apreciado de Nueva York. No lo sabías, ¿verdad? Dios, es para morirse de risa. Madame Bovary en la Columbia Extension School. Madame…

-¿Quién? -preguntó el hombre canoso, con un tono de fastidio.

-Madame Bovary sigue un curso de Apreciación de la Televisión. Dios santo, si supieras cómo…

-Está bien, está bien. Te das cuenta de que así no vamos a ninguna parte -dijo el hombre canoso. Se volvió y acercándose dos dedos a la boca le indicó a la chica que quería un cigarrillo-. En primer lugar -dijo en el teléfono-, siendo un tipo tan inteligente careces en absoluto de tacto -se enderezó para que la chica pudiera alcanzar los cigarrillos por detrás de él-. Te lo digo en serio. Se ve en tu vida particular, se ve en tu…

-Inteligencia, ¡Dios santo! ¡Qué risa que me da! ¡Dios santo! ¿Alguna vez la escuchaste describir a alguien… a un hombre, quiero decir? Alguna vez, cuando no tengas nada que hacer, hazme el favor y pídele que te describa a un hombre. Para ella, todo hombre que ve es "terriblemente atractivo". Puede ser el más viejo, el más gordo, el más grasiento…

-Está bien, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano con rudeza-. Así no vamos a ninguna parte. A ninguna parte -le quitó un cigarrillo encendido a la chica que había prendido dos-. Entre paréntesis -dijo, exhalando humo por la nariz-, ¿cómo te fue hoy?

-¿Qué?

-¿Cómo te fue hoy? -repitió el hombre canoso-. ¿Cómo siguió el juicio?

-¡Diablos! No sé. Un asco. Dos minutos antes de que yo empezara mi alegato final, el letrado de la parte actora, Lissberg, se aparece con esa camarera chiflada y un montón de sábanas como prueba… todas manchadas de chinches. ¡Al diablo!

-Entonces, ¿qué pasó? ¿Perdiste? -preguntó el hombre de pelo entrecano, aspirando otra bocanada de humo.

-¿Sabes quién estaba en el estrado? Madre Vittorio. Nunca sabré qué carajo tiene ese hombre contra mí. No puedo ni abrir la boca sin que me salte encima. Con un tipo así no se puede razonar. Es imposible.

El hombre canoso volvió la cabeza para ver qué hacía la chica. Había tomado el cenicero y lo colocaba entre los dos.

-¿Entonces? ¿Perdiste o qué? -dijo en el teléfono.

-¿Cómo?

-Te pregunto si perdiste.

-Sí. Iba a decírtelo. En la fiesta no tuve oportunidad, con todo ese barullo. ¿Crees que Junior va a hacer un escándalo? Me importa un cuerno, pero, ¿qué piensas? ¿Crees que hará escándalo?

Con la mano izquierda, el hombre canoso quitó la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero.

-No creo que necesariamente arme un escándalo, Arthur -dijo con calma-. Aunque no hay muchas probabilidades de que le provoque una gran alegría. ¿Sabes cuánto hace que nos encargamos de esos tres hoteles de porquería? El propio viejo Shanley empezó todo…

-Ya sé. Ya sé. Junior me lo dijo por lo menos cincuenta veces. Es una de las mejores historias que he escuchado en toda mi vida. Bueno, está bien, perdí ese asqueroso pleito. En primer lugar, no fue culpa mía. Primero, el chiflado de Vittorio me persiguió durante todo el juicio. Después esa camarera mongólica viene y empieza a exhibir sábanas llenas de manchitas de chinches…

-Nadie dice que sea culpa tuya, Arthur -dijo el hombre canoso-. Tú me preguntaste si yo pensaba que Junior iba a armar un escándalo. Solo traté de contestarte lo más honestamente posible…

-Ya sé… Ya lo sé. ¡Qué mierda! De todos modos, tal vez me reincorpore al ejército. ¿Te conté algo de eso?

El hombre de pelo entrecano volvió la cabeza hacia la chica como para que ella apreciara qué tolerante y aun qué estoica era su expresión. Pero la chica no lo advirtió. Acababa de volcar el cenicero con la rodilla y estaba recogiendo rápidamente las cenizas y haciendo un pequeño montón. Levantó sus ojos hacia él un segundo más tarde.

-No, Arthur, no me contaste -dijo en el teléfono.

-Sí, tal vez lo haga. Todavía no estoy seguro. Por supuesto que la idea no me enloquece y si puedo evitarlo no me iré. Pero tal vez no tenga más remedio, No sé. Por lo menos me olvidaré de todo. Si me devuelven mi lindo casco y mi gran escritorio y mi mosquitero, tal vez…

-Quisiera meterte algunas cosas en la cabeza, muchacho, eso es lo que me gustaría -dijo el hombre canoso-. Se supone que eres un tipo inteligente y hablas como un niño de pecho. Te lo digo con toda sinceridad. Dejas que un montón de cosas pequeñas se vayan acumulando como una bola de nieve hasta que ocupan tanto lugar en tu mente que eres completamente incapaz de cualquier…

-Tendría que haberla dejado, ¿te das cuenta? Tendría que haber terminado el verano pasado, cuando realmente estaba decidido a hacerlo. ¿No piensas eso? ¿Sabes por qué no lo hice? ¿Realmente quieres saber por qué?

-Arthur, por Dios. Así no vamos a ninguna parte.

-Espera un segundo. ¡Déjame decirte por qué! ¿Quieres saber por qué no lo hice? Puedo decirte exactamente el motivo. Porque le tuve lástima. Esa es la pura verdad. Porque le tuve lástima.

-Bueno, no sé. Quiero decir que es algo que no me incumbe -dijo el hombre de pelo entrecano-. Sin embargo, creo que te olvidas de que Joanie es una mujer adulta. No sé, pero me parece…

-¿Mujer adulta? ¿Estás loco? ¡Es una niña que ha crecido, nada más! Por ejemplo, me estoy afeitando, escucha bien esto, me estoy afeitando, y de repente me llama desde la otra punta del departamento. Voy a ver qué pasa… así no más, en mitad de la afeitada, con toda la cara cubierta de jabón. ¿Y sabes qué diablos quiere? Preguntarme si yo creo que ella es inteligente. Te lo juro por Dios. Es patética. Yo la miro cuando duerme, y sé muy bien lo que te digo. Créeme.

-Bueno, es algo que conoces mejor que… quiero decir, que a mí no me incumbe -dijo el hombre canoso-. El asunto es que no haces nada constructivo para…

-No somos una buena pareja, eso es todo. No es más que eso. Hacemos una pareja asquerosa. ¿Sabes lo que le hace falta? Necesita un gran rufián taciturno que de cuando en cuando la deje tendida de un golpe, y después vuelva y siga leyendo el diario. Eso es lo que le hace falta. Soy un tipo demasiado débil para ella. Ya lo sabía cuando nos casamos, te lo juro por Dios. Quiero decir, tú eres un buen sujeto, nunca te casaste, pero a veces cuando uno se casa, uno tiene como un presentimiento de lo que va a ser su vida después. Yo no le hice caso. No hice ningún caso de esos presentimientos. Soy débil. Esa es la historia, en definitiva.

-No eres débil. Solo que no procedes con inteligencia -dijo el hombre de pelo entrecano, aceptando un cigarrillo recién encendido que le extendía la chica.

-¡Sí que soy débil! ¡Claro que lo soy! ¡Diablos! ¡Yo sé muy bien si soy débil o no! Si no fuera débil, te imaginas que habría dejado que todo se… ¡Oh, para qué hablar! Claro que soy débil… Por Dios, te estoy impidiendo dormir… ¿Por qué no cuelgas y listo? Al demonio conmigo. Te lo digo sinceramente. Cuelga.

-No voy a cortar, Arthur. Quisiera ayudarte, en todo lo humanamente posible -dijo el hombre canoso-. En verdad, tú eres tu peor…

-Ella no me respeta. Ni siquiera me quiere. Dios mío. En el fondo, si lo analizamos, yo también la he dejado de querer. No sé. La quiero y no la quiero. Según. A veces sí, a veces no. ¡Dios! Cada vez que me dispongo a terminar de una vez por todas, cenamos afuera, vaya a saber por qué, y nos encontramos en algún lugar y ella se viene con esos asquerosos guantes blancos o algo por el estilo, qué sé yo. O empiezo a acordarme de la primera vez que fuimos en auto a New Haven a ver el partido de Princeton. Pinchamos un neumático justo al salir de la autopista, y hacía un frío de morirse, y ella sostenía la linterna mientras yo cambiaba esa maldita goma… tú sabes lo que quiero decir. No sé. O empiezo a pensar en… Dios, me cuesta decirlo… empiezo a pensar en ese puerco poema que le escribí cuando empezamos a salir juntos. "Rosa es mi color y blanco, linda boquita y verdes mis ojos". Diablos, qué broma… Hacía que me acordara de ella. No tiene ojos verdes… tiene ojos como apestosos caracoles marinos… pero, Dios, igual hacía que me acordara de ella. No sé… ¿De qué sirve hablar? Me estoy volviendo loco. Cuelga, ¿quieres? Te lo digo en serio.

El hombre canoso carraspeó y dijo:

-No tengo ninguna intención de colgar, Arthur. Solo hay una…

-Una vez me compró un traje. Con su propio dinero. ¿Te lo había contado?

-No. Yo…

-Se fue nomás a Tripler, creo, y me lo compró. Yo ni siquiera la acompañé. Quiero decirte que tiene algunos gestos endiabladamente hermosos. Y lo más gracioso es que no me andaba tan mal. Solo tuve que hacerlo ajustar un poco en los fundillos de los pantalones y en el largo. Quiero decir que tiene algunos malditos gestos muy lindos.

El hombre del pelo entrecano escuchó unos instantes más. Luego se volvió de pronto hacia la chica. La mirada que le echó, aunque breve, la puso al tanto sobre todo lo que ocurría del otro lado de la línea.

[…]

Nueve cuentos, J. D. Salinger, 1953

jueves, 28 de septiembre de 2017

Uno, dos y tres

1

La batalla de las pantallas

El Sol será un recuerdo, la lluvia siempre fue ácida, pensaremos. Algunos recuerdos se colarán en nuestros cerebros, pero ya no sabremos si son nuestros o implantados, si lo vivimos o sólo lo vimos en una pantalla, ya que estamos rodeados de pantallas. Las prótesis audiovisuales se habrán adherido al cuerpo irremediablemente, lo han prologando, insensibilizado, hasta hacerlo desaparecer. El hombre multimedial envuelto en luces y sonidos, fundido en sutiles experiencias táctiles y electrónicas fragancias, ha sido finalmente anestesiado para su atomización.
La niebla producida por las emisiones tóxicas impiden ver el amanecer. La solución es retransmitir el amanecer en pantallas gigantes distribuidas por la ciudad. El amanecer rojo en un fragmento rectangular, entre la niebla gris. Sólo unos segundos para mirarlo, mientras nos encaminamos a ser desmantelados.
¿Se reduce lo virtual únicamente a los mecanismos de simulación impuestos desde los centros de poder en la permutación de signos o hubo una condición propia del arte que estimuló la convivencia entre lo real y lo ficticio? ¿Existieron relaciones de connivencia y complicidad entre este mundo de simulacros amnésicos, las prácticas artísticas y los modos que importó el consumo global? ¿Habrá contribuido a la mistificación y destrucción de la memoria?
Todos tuvimos pantallas para olvidar. Una vez olvidadas, fue ya imposible la posibilidad de experimentar esas sensaciones que nos daban la vida y que justificaban nuestra experiencia como humanos. Una vez aceptada la vida en red y la cultura de entretenimiento, todo fue más fácil.


2

Hay dos modos fundamentales de entender la realidad. El modo discursivo, que es el que usa el lenguaje, un modo lógico, del que se vale la ciencia. Y el modo visual. La información visual es mucho más compleja que la información que viene a través del lenguaje. En el lenguaje, la información es secuencial, en cambio con el ojo se atrapa la totalidad de un golpe. Hay mayor cantidad de bits de información en una imagen.


3

PARA QUE LA COSA SE
PROYECTE CON MAYOR
INTENSIDAD O PARA QUE
FLUYA O TENGA IMPACTO
EN ALGÚN ALMA, HAY QUE
ILUMINARLO CON UN LÁTIGO.
Y ESE LÁTIGO ES LA PASIÓN.

Rocambole: arte, diseño y contracultura
Ricardo Cohen, 
Troupe Comunicación, 
2014

viernes, 25 de agosto de 2017

El virus

"Todos deben cantar y tocar la guitarra, bailar y dar conferencias, todos deben escribir libros y editar periódicos. Entonces será posible derribar la casta de manipuladores que enferman la mente con sus venéreas creativas. Artistas, periodistas, intelectuales conforman el virus más peligroso que ha engendrado este sistema".

Ezequiel

Llegamos justo cuando estaban haciendo una práctica de fútbol: las titulares contra unas suplentes, más otras chicas que habían venido a darles una mano. Un picado, bah. Nos acomodamos los siete varones en una pequeña tribuna de madera. Alexandros definió el juego de las chicas al toque.
-Corren mucho pero juegan poco.
-¿Qué hacen? -preguntó indignado Ezequiel-. Miren las laterales, avanzan con la pelota hasta el medio y se la pasan a las volantes. Las laterales retroceden. Las volantes avanzan diez metros y se la pasan a las delanteras. Las volantes retroceden. Y fíjense: las delanteras se quedan arriba esperando que les pasen la pelota.
Ezequiel no soportó más. Se bajó de la tribuna, se acercó a la cancha y empezó a gritarles a las chicas.
-Cornelia, seguí, seguí con la pelota. Taslima, cuando Cornelia avance vos cerrá su lateral. Hacé el relevo, querida. A ver la nueve. Nueve -le gritaba a Almudena-, si ves que la pelota no te llega, bajá a buscarla, nena.
Parecía el Bambino Veira. Le faltaba que se pusiera a gritar «belleza, quiero belleza».
Las chicas pararon la práctica. Y se fueron hacia el centro de la cancha. Yo pensaba: «Qué ganas el Equi de ganarse el enojo de las chicas». Lo que ocurría era que el pobre no soportaba ver un partido de fútbol sin querer participar.
Las chicas estaban discutiendo algo entre ellas. En bloque fueron hacia el Equi. Lo único que faltaba es que también ellas nos fueran a pegar.
-Ezequiel -dijo Cornelia-, queremos pedirte algo. Queremos que seas nuestro director técnico, que nos digas cómo tenemos que jugar al fútbol.
-¡Ídolo! -le grité en español y todos entendieron. Los varones nos pusimos a aplaudir. El Equi nos miró con la misma sonrisa que pondría si Britney Spears lo invitara a cenar. Se volvió hacia las chicas y puso su voz más varonil.
-Está bien, acepto. Todo sea por el bien de las Monkeys. Mi primera indicación es la siguiente…
-¡Intercambio de camisetas! -gritó Viggo. El Equi se dio vuelta pero esta vez nos miraba con odio.
-Mi primera indicación es la siguiente: no vamos a jugar al fútbol, vamos a jugar a la pelota.


Springfield, Sergio Olguín, 2007

domingo, 20 de agosto de 2017

Un universo alternativo

"Quejarse de que el fútbol sea aburrido es como quejarse de que El rey Lear tenga un final tan triste: es no haber entendido nada, y eso es lo que atinadamente apuntó Alan Durban, a saber, que el fútbol es un universo alternativo, tan serio y tan estresante como el trabajo, con las mismas preocupaciones, esperanzas y desilusiones, con las mismas alegrías ocasionales. Yo voy al fútbol por muchas y variadas razones, pero no voy buscando entretenimiento. Cuando miro a mi alrededor un sábado cualquiera y veo todas esas caras que delatan el pánico, la reconcentración y el mal humor, me doy cuenta de que los demás sienten lo mismo que yo. Para el hincha convencido, el fútbol espectáculo existe al igual que existen esos árboles que se desploman en medio de la jungla: hay que presuponer que esas cosas ocurren, sólo que no está uno en condiciones de apreciarlas. Los periodistas deportivos y los amantes del sillón y el televisor, bien dotados del espíritu corintio, son los indios amazónicos: saben más que nosotros, aunque, visto de otro modo, saben muchísimo menos".

Fiebre en las gradas, Nick Hornby, 1992

sábado, 12 de agosto de 2017

Lo que tiene para dar

Con la espalda apoyada contra el vidrio, Ezequiel escuchaba sin atención a Sergio. Alan hacía la fila para retirar el café de la promoción, con tres medialunas. En el salón de la estación de servicio, Ezequiel miraba, como casi siempre que empezaba un viaje con amigos, a una pareja. Últimamente veía a las parejas con un bebé. La impresión le afectó: primero se preguntó por qué no estaba viajando con ella y, al instante, por qué se transportaba a otro lado, a una realidad inexistente, en lugar de estar en el aquí y ahora. Alan se acercó con la bandeja. Se sentó junto a Sergio. Le preguntó si le dolía la panza o si le había vuelto a florecer la rata de caño, el que gastaba de chico sólo los billetes de dos pesos para amarrocar.

-Cuando tengo hambre, como -lo cruzó, de movida, Ezequiel, sin cambiar la postura, con las piernas estiradas sobre otra silla.

Se había subido al auto con un libro. Lo pasaba de mano en mano. Lo llevaba de aquí para allá. Ni a Sergio ni a Alan se le había ocurrido decirle que parecía un pastor. Eso se lo decía él, para reírse de sí mismo, un lema que practicaba aún hundido en sus pensamientos más profundos. Cuando Sergio le comentó a Alan el placer de manejar su auto, habituado a momias y catraminas, Ezequiel escuchó en la música de ambiente de la estación de servicio el comienzo de Midnight Rambler, de los Rolling Stone. Fue un poco más allá de los recuerdos: pensó que las letras de las canciones que, por el inglés, no lograba comprender del todo, le recorrían el cuerpo por dentro a tal punto que maceraban comportamientos y actitudes. Esa disección le dio cierta armonía, y se puso a leer.

-Vos cuando quieras que una mina te mire, ponete una remera roja, una en la que predomine un rojo bien vivo -volvió Alan con Ezequiel-. El rojo le transmite fertilidad, ganas de garchar, y más: es como que ve en vos la energía suficiente para el nacimiento de sus hijos, la Represa Yacyretá del amor, el sustento sexual necesario para las generaciones futuras.

-¿Qué decís, pelotudo? -le dijo Ezequiel, sin sacar los ojos del libro.

-Lo que escuchaste. Y ojo que es algo más que simplemente ponerla, eh. El quid de la cuestión está en la cabeza de la mina. De ahí que tenés que tener cuidado, porque no es joda eso. Mirá si…

Ezequiel apretaba los dientes más que en las noches de bruxismo. Si Alan, el pesado de Alan, la seguía con esa pelotudez, lo iba a mandar a la concha de su madre, y era muy temprano para abrir la primera interna en el viaje. Estaban a mitad de camino.

-Mirá si me pongo la musculosa roja que me compré en Río -retomó Alan-, la de Zé Pequeno, y la amiguita de Ayelén, la que no paraba de mirarme en tu casa el otro día, porque es muy mirona, se vuelve loca y no me la saco más de encima. Yo tengo una vida, una vida armada, establecida, estoy bien y contento con alguien, y mirá si la piba se me enamora, y me desenfoca de eso, del laburo, de mis asuntos, y me caga el viaje a Europa, la libertad, digamos, mirá si me rompe los huevos con mil mensajes por día, si me hincha para que haga un festejo por una boludés, porque, ponele, cambié el auto, como a este -Alan señaló a Sergio-; mirá si, en definitiva, no me deja vivir. Por eso tenés que tener cuidado ya no con ponerte una remera, sino un slip rojo.

Todo eso, Gordo Alan de mi vida, es lo que querés, pensó Ezequiel.

Sin embargo, no era planeado lo de Alan: era así, auténtico en esencia, y por eso era su amigo. Ezequiel le dijo a Sergio, como si fuera una orden, que se armara un porro para la ruta en vez de chichonear con el celular. Y le preguntó a Alan.

-¿Por qué carajo me contás la teoría de la remera roja?

-Por lo de Ayiu -dijo, desentendido, y arengó a Sergio con el armado.

Ezequiel caviló. Bajó los pies de la silla, agachó la cabeza y salió como un boxeador del rincón.

-Las flacas son bravas -dijo al aire, siempre con esa fingida solemnidad, impostando más que el sonido de las cuatro palabras, ante todo elegante, porque se había juramentado que era lo último que perdería en la vida-. Y, Gordo, cada uno es lo que tiene para dar.

-¿Sabés lo que pasa? -retrucó Alan, cambiando de tono, lejos del divague-. Vos no te enamorás: vos te enfermás.

Ezequiel se levantó con una carcajada. Se tiró hacia atrás la parte de la bufanda que le colgaba y se enroscó el cuello. Le guiñó un ojo. Se acercó al mostrador, compró unas mogul y salió. Se puso la capucha de la campera. Comió la mitad del paquete. Las medias cortitas le dejaban pasar el viento. Fue hasta un cuadrado de pasto con un cartel: “Sector fumadores”. Prendió un cigarrillo, porque volvía a fumar durante los viajes.

Esta vez, Ezequiel miró sin ver: a los autos con las luces que encandilaban, a los surtidores, a los playeros que cargaban nafta, a las personas que iban y venían con el termo para el mate, a las que corrían hacia el baño, a las parejas. A todo.

Cuando volvió, Sergio y Alan ojeaban las páginas de Deportes del diario. Sergi le dijo al Gordo si la B Nacional le interesaba tanto desde 2011 o desde siempre. Alan resopló como respuesta. Como gallina. Ezequiel aprovechó. Abrió el libro en las páginas en que el lápiz hacía de señalador.

Leyó. Se detuvo en un párrafo. Página 121, El palacio de la luna, de Paul Auster.

"No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel".

Lo subrayó. Después, lo marcó a un costado con ondas, marcas incompresibles para la psiquis de cualquier otro humano. Y lo remarcó, punzando el límite de agujerear la hoja.

Cuando levantó la cabeza, sus amigos ya estaban afuera, yendo al auto. Agarró una gaseosa de limón y tres alfajores triples de chocolate. Alan era un depredador de dulces, y a Sergio le bajaba la presión a menudo después de fumar. Él lo necesitaba.

Cuando cruzó la puerta, sintió que era hora de poner un punto con Ayelén.

Se subió atrás. Sergio puso primera.

-Tomá, Gordo, para el postre.

Sin darse vuelta, Alan colocó la palma de la mano izquierda. Ezequiel le depositó el alfajor y notó en la muñeca dos cintas bebé como pulseras.

-¿Por qué la violeta? -le preguntó, dándole un tironcito.

Alan lo miró por el espejo retrovisor.

-Por si falla la roja.