domingo, 8 de octubre de 2017

Linda boquita y verdes mis ojos

[…]

Foto: Fernando Morán.
-Bueno, bueno. Tratemos de tomar las cosas con un poco más de calma, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano. Miró de pronto a su derecha, donde un cigarrillo, prendido un momento antes, hacía equilibrio en el borde de un cenicero. Por lo visto se había apagado, y no hizo ademán de tomarlo-. Para empezar -dijo en el teléfono-, te lo he dicho ya infinidad de veces, Arthur, ese es justamente el error más grande que puedes cometer. ¿Sabes cuál es? ¿Quieres que te lo diga? Haces todo lo posible, te lo digo en serio, ahora te esfuerzas por torturarte. En realidad, eres tú quien incita a Joanie -calló-. Tienes la suerte de que ella sea una chica maravillosa. En serio. Y para ti carece en absoluto de buen gusto… y de inteligencia. Diablos, y entonces, si vamos al caso…

-¡Inteligencia! ¿Estás bromeando? ¡No tiene ni pizca de cerebro! ¡Es un animal!

El hombre entrecano respiró hondo, y sus fosas nasales se dilataron:

-Animales somos todos -dijo-. En el fondo, todos somos animales.

-Yo no soy ningún animal. Seré un imbécil, un engañado hijo de mala madre del siglo veinte, pero animal no soy. No me vengas con esas, un animal no soy.

-Escúchame, Arthur. Esto no nos conduce a…

-¡Inteligencia! ¡Dios Santo! Si supieras lo cómica que resulta. Ella se considera toda una intelectual. Eso es lo que da más risa. Lee la página de los teatros, y mira televisión hasta quedarse prácticamente ciega. Y por eso se cree intelectual. ¿Sabes con quién me he casado? ¿Quieres saber con quién me he casado? Estoy casado con la más grande actriz en ciernes todavía sin descubrir, la más grande novelista, psicoanalista y genio no apreciado de Nueva York. No lo sabías, ¿verdad? Dios, es para morirse de risa. Madame Bovary en la Columbia Extension School. Madame…

-¿Quién? -preguntó el hombre canoso, con un tono de fastidio.

-Madame Bovary sigue un curso de Apreciación de la Televisión. Dios santo, si supieras cómo…

-Está bien, está bien. Te das cuenta de que así no vamos a ninguna parte -dijo el hombre canoso. Se volvió y acercándose dos dedos a la boca le indicó a la chica que quería un cigarrillo-. En primer lugar -dijo en el teléfono-, siendo un tipo tan inteligente careces en absoluto de tacto -se enderezó para que la chica pudiera alcanzar los cigarrillos por detrás de él-. Te lo digo en serio. Se ve en tu vida particular, se ve en tu…

-Inteligencia, ¡Dios santo! ¡Qué risa que me da! ¡Dios santo! ¿Alguna vez la escuchaste describir a alguien… a un hombre, quiero decir? Alguna vez, cuando no tengas nada que hacer, hazme el favor y pídele que te describa a un hombre. Para ella, todo hombre que ve es "terriblemente atractivo". Puede ser el más viejo, el más gordo, el más grasiento…

-Está bien, Arthur -dijo el hombre de pelo entrecano con rudeza-. Así no vamos a ninguna parte. A ninguna parte -le quitó un cigarrillo encendido a la chica que había prendido dos-. Entre paréntesis -dijo, exhalando humo por la nariz-, ¿cómo te fue hoy?

-¿Qué?

-¿Cómo te fue hoy? -repitió el hombre canoso-. ¿Cómo siguió el juicio?

-¡Diablos! No sé. Un asco. Dos minutos antes de que yo empezara mi alegato final, el letrado de la parte actora, Lissberg, se aparece con esa camarera chiflada y un montón de sábanas como prueba… todas manchadas de chinches. ¡Al diablo!

-Entonces, ¿qué pasó? ¿Perdiste? -preguntó el hombre de pelo entrecano, aspirando otra bocanada de humo.

-¿Sabes quién estaba en el estrado? Madre Vittorio. Nunca sabré qué carajo tiene ese hombre contra mí. No puedo ni abrir la boca sin que me salte encima. Con un tipo así no se puede razonar. Es imposible.

El hombre canoso volvió la cabeza para ver qué hacía la chica. Había tomado el cenicero y lo colocaba entre los dos.

-¿Entonces? ¿Perdiste o qué? -dijo en el teléfono.

-¿Cómo?

-Te pregunto si perdiste.

-Sí. Iba a decírtelo. En la fiesta no tuve oportunidad, con todo ese barullo. ¿Crees que Junior va a hacer un escándalo? Me importa un cuerno, pero, ¿qué piensas? ¿Crees que hará escándalo?

Con la mano izquierda, el hombre canoso quitó la ceniza del cigarrillo en el borde del cenicero.

-No creo que necesariamente arme un escándalo, Arthur -dijo con calma-. Aunque no hay muchas probabilidades de que le provoque una gran alegría. ¿Sabes cuánto hace que nos encargamos de esos tres hoteles de porquería? El propio viejo Shanley empezó todo…

-Ya sé. Ya sé. Junior me lo dijo por lo menos cincuenta veces. Es una de las mejores historias que he escuchado en toda mi vida. Bueno, está bien, perdí ese asqueroso pleito. En primer lugar, no fue culpa mía. Primero, el chiflado de Vittorio me persiguió durante todo el juicio. Después esa camarera mongólica viene y empieza a exhibir sábanas llenas de manchitas de chinches…

-Nadie dice que sea culpa tuya, Arthur -dijo el hombre canoso-. Tú me preguntaste si yo pensaba que Junior iba a armar un escándalo. Solo traté de contestarte lo más honestamente posible…

-Ya sé… Ya lo sé. ¡Qué mierda! De todos modos, tal vez me reincorpore al ejército. ¿Te conté algo de eso?

El hombre de pelo entrecano volvió la cabeza hacia la chica como para que ella apreciara qué tolerante y aun qué estoica era su expresión. Pero la chica no lo advirtió. Acababa de volcar el cenicero con la rodilla y estaba recogiendo rápidamente las cenizas y haciendo un pequeño montón. Levantó sus ojos hacia él un segundo más tarde.

-No, Arthur, no me contaste -dijo en el teléfono.

-Sí, tal vez lo haga. Todavía no estoy seguro. Por supuesto que la idea no me enloquece y si puedo evitarlo no me iré. Pero tal vez no tenga más remedio, No sé. Por lo menos me olvidaré de todo. Si me devuelven mi lindo casco y mi gran escritorio y mi mosquitero, tal vez…

-Quisiera meterte algunas cosas en la cabeza, muchacho, eso es lo que me gustaría -dijo el hombre canoso-. Se supone que eres un tipo inteligente y hablas como un niño de pecho. Te lo digo con toda sinceridad. Dejas que un montón de cosas pequeñas se vayan acumulando como una bola de nieve hasta que ocupan tanto lugar en tu mente que eres completamente incapaz de cualquier…

-Tendría que haberla dejado, ¿te das cuenta? Tendría que haber terminado el verano pasado, cuando realmente estaba decidido a hacerlo. ¿No piensas eso? ¿Sabes por qué no lo hice? ¿Realmente quieres saber por qué?

-Arthur, por Dios. Así no vamos a ninguna parte.

-Espera un segundo. ¡Déjame decirte por qué! ¿Quieres saber por qué no lo hice? Puedo decirte exactamente el motivo. Porque le tuve lástima. Esa es la pura verdad. Porque le tuve lástima.

-Bueno, no sé. Quiero decir que es algo que no me incumbe -dijo el hombre de pelo entrecano-. Sin embargo, creo que te olvidas de que Joanie es una mujer adulta. No sé, pero me parece…

-¿Mujer adulta? ¿Estás loco? ¡Es una niña que ha crecido, nada más! Por ejemplo, me estoy afeitando, escucha bien esto, me estoy afeitando, y de repente me llama desde la otra punta del departamento. Voy a ver qué pasa… así no más, en mitad de la afeitada, con toda la cara cubierta de jabón. ¿Y sabes qué diablos quiere? Preguntarme si yo creo que ella es inteligente. Te lo juro por Dios. Es patética. Yo la miro cuando duerme, y sé muy bien lo que te digo. Créeme.

-Bueno, es algo que conoces mejor que… quiero decir, que a mí no me incumbe -dijo el hombre canoso-. El asunto es que no haces nada constructivo para…

-No somos una buena pareja, eso es todo. No es más que eso. Hacemos una pareja asquerosa. ¿Sabes lo que le hace falta? Necesita un gran rufián taciturno que de cuando en cuando la deje tendida de un golpe, y después vuelva y siga leyendo el diario. Eso es lo que le hace falta. Soy un tipo demasiado débil para ella. Ya lo sabía cuando nos casamos, te lo juro por Dios. Quiero decir, tú eres un buen sujeto, nunca te casaste, pero a veces cuando uno se casa, uno tiene como un presentimiento de lo que va a ser su vida después. Yo no le hice caso. No hice ningún caso de esos presentimientos. Soy débil. Esa es la historia, en definitiva.

-No eres débil. Solo que no procedes con inteligencia -dijo el hombre de pelo entrecano, aceptando un cigarrillo recién encendido que le extendía la chica.

-¡Sí que soy débil! ¡Claro que lo soy! ¡Diablos! ¡Yo sé muy bien si soy débil o no! Si no fuera débil, te imaginas que habría dejado que todo se… ¡Oh, para qué hablar! Claro que soy débil… Por Dios, te estoy impidiendo dormir… ¿Por qué no cuelgas y listo? Al demonio conmigo. Te lo digo sinceramente. Cuelga.

-No voy a cortar, Arthur. Quisiera ayudarte, en todo lo humanamente posible -dijo el hombre canoso-. En verdad, tú eres tu peor…

-Ella no me respeta. Ni siquiera me quiere. Dios mío. En el fondo, si lo analizamos, yo también la he dejado de querer. No sé. La quiero y no la quiero. Según. A veces sí, a veces no. ¡Dios! Cada vez que me dispongo a terminar de una vez por todas, cenamos afuera, vaya a saber por qué, y nos encontramos en algún lugar y ella se viene con esos asquerosos guantes blancos o algo por el estilo, qué sé yo. O empiezo a acordarme de la primera vez que fuimos en auto a New Haven a ver el partido de Princeton. Pinchamos un neumático justo al salir de la autopista, y hacía un frío de morirse, y ella sostenía la linterna mientras yo cambiaba esa maldita goma… tú sabes lo que quiero decir. No sé. O empiezo a pensar en… Dios, me cuesta decirlo… empiezo a pensar en ese puerco poema que le escribí cuando empezamos a salir juntos. "Rosa es mi color y blanco, linda boquita y verdes mis ojos". Diablos, qué broma… Hacía que me acordara de ella. No tiene ojos verdes… tiene ojos como apestosos caracoles marinos… pero, Dios, igual hacía que me acordara de ella. No sé… ¿De qué sirve hablar? Me estoy volviendo loco. Cuelga, ¿quieres? Te lo digo en serio.

El hombre canoso carraspeó y dijo:

-No tengo ninguna intención de colgar, Arthur. Solo hay una…

-Una vez me compró un traje. Con su propio dinero. ¿Te lo había contado?

-No. Yo…

-Se fue nomás a Tripler, creo, y me lo compró. Yo ni siquiera la acompañé. Quiero decirte que tiene algunos gestos endiabladamente hermosos. Y lo más gracioso es que no me andaba tan mal. Solo tuve que hacerlo ajustar un poco en los fundillos de los pantalones y en el largo. Quiero decir que tiene algunos malditos gestos muy lindos.

El hombre del pelo entrecano escuchó unos instantes más. Luego se volvió de pronto hacia la chica. La mirada que le echó, aunque breve, la puso al tanto sobre todo lo que ocurría del otro lado de la línea.

[…]

Nueve cuentos, J. D. Salinger, 1953

jueves, 28 de septiembre de 2017

Uno, dos y tres

1

La batalla de las pantallas

El Sol será un recuerdo, la lluvia siempre fue ácida, pensaremos. Algunos recuerdos se colarán en nuestros cerebros, pero ya no sabremos si son nuestros o implantados, si lo vivimos o sólo lo vimos en una pantalla, ya que estamos rodeados de pantallas. Las prótesis audiovisuales se habrán adherido al cuerpo irremediablemente, lo han prologando, insensibilizado, hasta hacerlo desaparecer. El hombre multimedial envuelto en luces y sonidos, fundido en sutiles experiencias táctiles y electrónicas fragancias, ha sido finalmente anestesiado para su atomización.
La niebla producida por las emisiones tóxicas impiden ver el amanecer. La solución es retransmitir el amanecer en pantallas gigantes distribuidas por la ciudad. El amanecer rojo en un fragmento rectangular, entre la niebla gris. Sólo unos segundos para mirarlo, mientras nos encaminamos a ser desmantelados.
¿Se reduce lo virtual únicamente a los mecanismos de simulación impuestos desde los centros de poder en la permutación de signos o hubo una condición propia del arte que estimuló la convivencia entre lo real y lo ficticio? ¿Existieron relaciones de connivencia y complicidad entre este mundo de simulacros amnésicos, las prácticas artísticas y los modos que importó el consumo global? ¿Habrá contribuido a la mistificación y destrucción de la memoria?
Todos tuvimos pantallas para olvidar. Una vez olvidadas, fue ya imposible la posibilidad de experimentar esas sensaciones que nos daban la vida y que justificaban nuestra experiencia como humanos. Una vez aceptada la vida en red y la cultura de entretenimiento, todo fue más fácil.

2

Hay dos modos fundamentales de entender la realidad. El modo discursivo, que es el que usa el lenguaje, un modo lógico, del que se vale la ciencia. Y el modo visual. La información visual es mucho más compleja que la información que viene a través del lenguaje. En el lenguaje, la información es secuencial, en cambio con el ojo se atrapa la totalidad de un golpe. Hay mayor cantidad de bits de información en una imagen.

3

PARA QUE LA COSA SE
PROYECTE CON MAYOR
INTENSIDAD O PARA QUE
FLUYA O TENGA IMPACTO
EN ALGÚN ALMA, HAY QUE
ILUMINARLO CON UN LÁTIGO.
Y ESE LÁTIGO ES LA PASIÓN.

Rocambole: arte, diseño y contracultura, Ricardo Cohen, Troupe Comunicación, 2014

viernes, 25 de agosto de 2017

El virus

"Todos deben cantar y tocar la guitarra, bailar y dar conferencias, todos deben escribir libros y editar periódicos. Entonces será posible derribar la casta de manipuladores que enferman la mente con sus venéreas creativas. Artistas, periodistas, intelectuales conforman el virus más peligroso que ha engendrado este sistema".

Ezequiel

Llegamos justo cuando estaban haciendo una práctica de fútbol: las titulares contra unas suplentes, más otras chicas que habían venido a darles una mano. Un picado, bah. Nos acomodamos los siete varones en una pequeña tribuna de madera. Alexandros definió el juego de las chicas al toque.
-Corren mucho pero juegan poco.
-¿Qué hacen? -preguntó indignado Ezequiel-. Miren las laterales, avanzan con la pelota hasta el medio y se la pasan a las volantes. Las laterales retroceden. Las volantes avanzan diez metros y se la pasan a las delanteras. Las volantes retroceden. Y fíjense: las delanteras se quedan arriba esperando que les pasen la pelota.
Ezequiel no soportó más. Se bajó de la tribuna, se acercó a la cancha y empezó a gritarles a las chicas.
-Cornelia, seguí, seguí con la pelota. Taslima, cuando Cornelia avance vos cerrá su lateral. Hacé el relevo, querida. A ver la nueve. Nueve -le gritaba a Almudena-, si ves que la pelota no te llega, bajá a buscarla, nena.
Parecía el Bambino Veira. Le faltaba que se pusiera a gritar «belleza, quiero belleza».
Las chicas pararon la práctica. Y se fueron hacia el centro de la cancha. Yo pensaba: «Qué ganas el Equi de ganarse el enojo de las chicas». Lo que ocurría era que el pobre no soportaba ver un partido de fútbol sin querer participar.
Las chicas estaban discutiendo algo entre ellas. En bloque fueron hacia el Equi. Lo único que faltaba es que también ellas nos fueran a pegar.
-Ezequiel -dijo Cornelia-, queremos pedirte algo. Queremos que seas nuestro director técnico, que nos digas cómo tenemos que jugar al fútbol.
-¡Ídolo! -le grité en español y todos entendieron. Los varones nos pusimos a aplaudir. El Equi nos miró con la misma sonrisa que pondría si Britney Spears lo invitara a cenar. Se volvió hacia las chicas y puso su voz más varonil.
-Está bien, acepto. Todo sea por el bien de las Monkeys. Mi primera indicación es la siguiente…
-¡Intercambio de camisetas! -gritó Viggo. El Equi se dio vuelta pero esta vez nos miraba con odio.
-Mi primera indicación es la siguiente: no vamos a jugar al fútbol, vamos a jugar a la pelota.


Springfield, Sergio Olguín, 2007

domingo, 20 de agosto de 2017

Un universo alternativo

"Quejarse de que el fútbol sea aburrido es como quejarse de que El rey Lear tenga un final tan triste: es no haber entendido nada, y eso es lo que atinadamente apuntó Alan Durban, a saber, que el fútbol es un universo alternativo, tan serio y tan estresante como el trabajo, con las mismas preocupaciones, esperanzas y desilusiones, con las mismas alegrías ocasionales. Yo voy al fútbol por muchas y variadas razones, pero no voy buscando entretenimiento. Cuando miro a mi alrededor un sábado cualquiera y veo todas esas caras que delatan el pánico, la reconcentración y el mal humor, me doy cuenta de que los demás sienten lo mismo que yo. Para el hincha convencido, el fútbol espectáculo existe al igual que existen esos árboles que se desploman en medio de la jungla: hay que presuponer que esas cosas ocurren, sólo que no está uno en condiciones de apreciarlas. Los periodistas deportivos y los amantes del sillón y el televisor, bien dotados del espíritu corintio, son los indios amazónicos: saben más que nosotros, aunque, visto de otro modo, saben muchísimo menos".

Fiebre en las gradas, Nick Hornby, 1992

sábado, 12 de agosto de 2017

Lo que tiene para dar

Con la espalda apoyada contra el vidrio, Ezequiel escuchaba sin atención a Sergio. Alan hacía la fila para retirar el café de la promoción, con tres medialunas. En el salón de la estación de servicio, Ezequiel miraba, como casi siempre que empezaba un viaje con amigos, a una pareja. Últimamente veía a las parejas con un bebé. La impresión le afectó: primero se preguntó por qué no estaba viajando con ella y, al instante, por qué se transportaba a otro lado, a una realidad inexistente, en lugar de estar en el aquí y ahora. Alan se acercó con la bandeja. Se sentó junto a Sergio. Le preguntó si le dolía la panza o si le había vuelto a florecer la rata de caño, el que gastaba de chico sólo los billetes de dos pesos para amarrocar.

-Cuando tengo hambre, como -lo cruzó, de movida, Ezequiel, sin cambiar la postura, con las piernas estiradas sobre otra silla.

Se había subido al auto con un libro. Lo pasaba de mano en mano. Lo llevaba de aquí para allá. Ni a Sergio ni a Alan se le había ocurrido decirle que parecía un pastor. Eso se lo decía él, para reírse de sí mismo, un lema que practicaba aún hundido en sus pensamientos más profundos. Cuando Sergio le comentó a Alan el placer de manejar su auto, habituado a momias y catraminas, Ezequiel escuchó en la música de ambiente de la estación de servicio el comienzo de Midnight Rambler, de los Rolling Stone. Fue un poco más allá de los recuerdos: pensó que las letras de las canciones que, por el inglés, no lograba comprender del todo, le recorrían el cuerpo por dentro a tal punto que maceraban comportamientos y actitudes. Esa disección le dio cierta armonía, y se puso a leer.

-Vos cuando quieras que una mina te mire, ponete una remera roja, una en la que predomine un rojo bien vivo -volvió Alan con Ezequiel-. El rojo le transmite fertilidad, ganas de garchar, y más: es como que ve en vos la energía suficiente para el nacimiento de sus hijos, la Represa Yacyretá del amor, el sustento sexual necesario para las generaciones futuras.

-¿Qué decís, pelotudo? -le dijo Ezequiel, sin sacar los ojos del libro.

-Lo que escuchaste. Y ojo que es algo más que simplemente ponerla, eh. El quid de la cuestión está en la cabeza de la mina. De ahí que tenés que tener cuidado, porque no es joda eso. Mirá si…

Ezequiel apretaba los dientes más que en las noches de bruxismo. Si Alan, el pesado de Alan, la seguía con esa pelotudez, lo iba a mandar a la concha de su madre, y era muy temprano para abrir la primera interna en el viaje. Estaban a mitad de camino.

-Mirá si me pongo la musculosa roja que me compré en Río -retomó Alan-, la de Zé Pequeno, y la amiguita de Ayelén, la que no paraba de mirarme en tu casa el otro día, porque es muy mirona, se vuelve loca y no me la saco más de encima. Yo tengo una vida, una vida armada, establecida, estoy bien y contento con alguien, y mirá si la piba se me enamora, y me desenfoca de eso, del laburo, de mis asuntos, y me caga el viaje a Europa, la libertad, digamos, mirá si me rompe los huevos con mil mensajes por día, si me hincha para que haga un festejo por una boludés, porque, ponele, cambié el auto, como a este -Alan señaló a Sergio-; mirá si, en definitiva, no me deja vivir. Por eso tenés que tener cuidado ya no con ponerte una remera, sino un slip rojo.

Todo eso, Gordo Alan de mi vida, es lo que querés, pensó Ezequiel.

Sin embargo, no era planeado lo de Alan: era así, auténtico en esencia, y por eso era su amigo. Ezequiel le dijo a Sergio, como si fuera una orden, que se armara un porro para la ruta en vez de chichonear con el celular. Y le preguntó a Alan.

-¿Por qué carajo me contás la teoría de la remera roja?

-Por lo de Ayiu -dijo, desentendido, y arengó a Sergio con el armado.

Ezequiel caviló. Bajó los pies de la silla, agachó la cabeza y salió como un boxeador del rincón.

-Las flacas son bravas -dijo al aire, siempre con esa fingida solemnidad, impostando más que el sonido de las cuatro palabras, ante todo elegante, porque se había juramentado que era lo último que perdería en la vida-. Y, Gordo, cada uno es lo que tiene para dar.

-¿Sabés lo que pasa? -retrucó Alan, cambiando de tono, lejos del divague-. Vos no te enamorás: vos te enfermás.

Ezequiel se levantó con una carcajada. Se tiró hacia atrás la parte de la bufanda que le colgaba y se enroscó el cuello. Le guiñó un ojo. Se acercó al mostrador, compró unas mogul y salió. Se puso la capucha de la campera. Comió la mitad del paquete. Las medias cortitas le dejaban pasar el viento. Fue hasta un cuadrado de pasto con un cartel: “Sector fumadores”. Prendió un cigarrillo, porque volvía a fumar durante los viajes.

Esta vez, Ezequiel miró sin ver: a los autos con las luces que encandilaban, a los surtidores, a los playeros que cargaban nafta, a las personas que iban y venían con el termo para el mate, a las que corrían hacia el baño, a las parejas. A todo.

Cuando volvió, Sergio y Alan ojeaban las páginas de Deportes del diario. Sergi le dijo al Gordo si la B Nacional le interesaba tanto desde 2011 o desde siempre. Alan resopló como respuesta. Como gallina. Ezequiel aprovechó. Abrió el libro en las páginas en que el lápiz hacía de señalador.

Leyó. Se detuvo en un párrafo. Página 121, El palacio de la luna, de Paul Auster.

"No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel".

Lo subrayó. Después, lo marcó a un costado con ondas, marcas incompresibles para la psiquis de cualquier otro humano. Y lo remarcó, punzando el límite de agujerear la hoja.

Cuando levantó la cabeza, sus amigos ya estaban afuera, yendo al auto. Agarró una gaseosa de limón y tres alfajores triples de chocolate. Alan era un depredador de dulces, y a Sergio le bajaba la presión a menudo después de fumar. Él lo necesitaba.

Cuando cruzó la puerta, sintió que era hora de poner un punto con Ayelén.

Se subió atrás. Sergio puso primera.

-Tomá, Gordo, para el postre.

Sin darse vuelta, Alan colocó la palma de la mano izquierda. Ezequiel le depositó el alfajor y notó en la muñeca dos cintas bebé como pulseras.

-¿Por qué la violeta? -le preguntó, dándole un tironcito.

Alan lo miró por el espejo retrovisor.

-Por si falla la roja.

lunes, 5 de junio de 2017

Elegancia

LA ELEGANCIA DEL SER 

Cuando el guerrero llega al borde del abismo de la muerte, salta en él en posición de combate; el bailarín se arroja en paso de baile, el místico en postura de yoga, el tonto tropieza y cae. Es notable lo que hace el elegante: antes de caer, se da vuelta y saluda.


Ninguna moral -es decir, un arbitrario código de costumbre determinado por las epocales conveniencias de quienes detentan el poder- justifica valorativamente la existencia humana.

Ni siquiera la ética -en cualquier caso una visión superior a la moral ya que nace de un esfuerzo voluntario por solidarizarse con la existencia de los prójimos- puede ser mencionada como una cualidad del ser, ya que tal ética nunca es espontánea.


Tampoco la belleza puede ser sustento ontológico porque, como decía Rilke, sólo es la tapa que oculta el horror de la existencia.


Sólo el estilo innato de las presencias puede ser considerado una manifestación propia del ser antes de que resulte condicionado por la experiencia social. A este sello precultural del ser lo denominamos elegancia, siendo su carencia la plena demostración de la no existencia del ser.


¿Eres tú elegante?


Es difícil reconocer las manifestaciones de elegancia del ser ya que existe una versión apócrifa que la imita: el psicópata seductor que obsequia amabilidad para rapiñar afecto, pasión o futuro; los astutos modales del comerciante que te acaricia tu dignidad para vaciar tu alacena; la elocuencia del hábil hablador que hipnotiza con su discurso para imponer sus designios.


En la vida cotidiana es más visible definir la elegancia a través de su ausencia.


a) No son elegantes las conversaciones que desincluyen a terceros. Tanto las anécdotas como las teorías que se mencionan en una charla deben ser comprensibles a todos los participantes. En todo caso si una presencia obliga a bajar el nivel de tal charla, es preciso interrogarse sobre el motivo de su presencia y la responsabilidad que le cabe a uno de que allí esté. Los elegantes mantienen un estado de copresencia mental en la que incluyen a todos los participantes del evento. Están al tanto de la comodidad o incomodidad de cada uno de los asistentes. No hay elegancia sin sensibilización. 

b) El que habla casi nunca es elegante. Tampoco lo es el que oye, sino el que escucha. El que oye espera el final de tu frase para él continuar con la suya. El que escucha, en cambio, intenta enriquecer la riqueza de tu oración, si de eso se trata, o va a encontrar puertas abiertas para los conflictos que tus palabras enuncian si tal caso fuera.
c) De los que hablan, es elegante el que habla de ti y no de sí mismo. Y más aún lo es el que no se refiere ni a ti ni a él, sino al extraño mundo que los rodea. 
d) No es elegante sufrir. Pero mucho menos lo es expresar tal sufrir. El padecimiento como toda peste es contagiosa y su vía de inoculación son los gestos y las palabras.
e) No es elegante tener. Como tampoco lo es no tener. Lo que es impecable es la desafección. Esa descuidada tendencia a olvidar la relación con los objetos.

Cerdos&Peces: Lo mejor, Enrique Symns, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2011

lunes, 15 de mayo de 2017

El último partido

Del tipo que tengo casi adelante recuerdo con lujo de detalles el día del debut y el último partido en Boca, y que había dicho que iba a jugar hasta los cuarenta años, que era una apuesta con el hermano.

En la tele del restaurante de pastas, un local modesto al costado de la Panamericana, pasan la repetición de Roma-Villarreal por la Europa League. Son casi la una de la mañana del 24 de febrero de 2017. En cuatro días cumplo años. 

Mira el celular por debajo de la mesa, la cabeza gacha. Carbura en la pausa. Dice, sin destinatario.

-Ese Totti juega bien, ¿no? El otro día me mandó la camiseta.

Entonces lo saca, y en el video lo veo a Totti, con una camiseta de la Roma entre las manos, que sonríe y habla, y a lo último del mensaje: "Saluti, fenomeno".

-Él sí jugó hasta los cuarenta -digo, como para ver qué pasa.

sábado, 15 de abril de 2017

Bardo

Nos reímos, los dos ahora. Con asquerosa naturalidad. Llenos de adultez, maduramente considerando los dos (pero sobre todo yo) a un conscripto el último día de su primer franco, conscripto que le dice a su novia en el andén catorce de Constitución la frase del siglo. El conscripto hace versos, cita a William Blake, tiene por delante un tren nocturno lleno de cantos de conscriptos, patas de pollo, olor a pis, empanadas, voces en falsete gritando traela al regimiento, o boludo, o por qué no le preguntás qué hace mientras vos limpiás caca en las caballerizas. Momento en que el Bardo majestuosamente musita que hay días, días en que me canso, días como hoy en los que tengo miedo de matarme. Y ella pregunta: "¿Qué?". Y él: "Nada, una especie de verso de Neruda". Y ella: "Es que no te oí, por el ruido". Y él: "Que a veces quiero matarme, escuchás". Y ella: "Sí, ahora sí pero no grites". Y él: "Me gustaría saber de qué te estás riendo". Y ella: "De que estamos gritando como locos, y que todos nos miran". Después, besándome un ojo: "Y que vos no vas a matarte nunca, subí".

Crear una pequeña flor es trabajo de siglos, Abelardo Castillo, "Cuentos completos", 2003