sábado, 12 de agosto de 2017

Lo que tiene para dar

Con la espalda apoyada contra el vidrio, Ezequiel escuchaba sin atención a Sergio. Alan hacía la fila para retirar el café de la promoción, con tres medialunas. En el salón de la estación de servicio, Ezequiel miraba, como casi siempre que empezaba un viaje con amigos, a una pareja. Últimamente veía a las parejas con un bebé. La impresión le afectó: primero se preguntó por qué no estaba viajando con ella y, al instante, por qué se transportaba a otro lado, a una realidad inexistente, en lugar de estar en el aquí y ahora. Alan se acercó con la bandeja. Se sentó junto a Sergio. Le preguntó si le dolía la panza o si le había vuelto a florecer la rata de caño, el que gastaba de chico sólo los billetes de dos pesos para amarrocar.

-Cuando tengo hambre, como -lo cruzó, de movida, Ezequiel, sin cambiar la postura, con las piernas estiradas sobre otra silla.

Se había subido al auto con un libro. Lo pasaba de mano en mano. Lo llevaba de aquí para allá. Ni a Sergio ni a Alan se le había ocurrido decirle que parecía un pastor. Eso se lo decía él, para reírse de sí mismo, un lema que practicaba aún hundido en sus pensamientos más profundos. Cuando Sergio le comentó a Alan el placer de manejar su auto, habituado a momias y catraminas, Ezequiel escuchó en la música de ambiente de la estación de servicio el comienzo de Midnight Rambler, de los Rolling Stone. Fue un poco más allá de los recuerdos: pensó que las letras de las canciones que, por el inglés, no lograba comprender del todo, le recorrían el cuerpo por dentro a tal punto que maceraban comportamientos y actitudes. Esa disección le dio cierta armonía, y se puso a leer.

-Vos cuando quieras que una mina te mire, ponete una remera roja, una en la que predomine un rojo bien vivo -volvió Alan con Ezequiel-. El rojo le transmite fertilidad, ganas de garchar, y más: es como que ve en vos la energía suficiente para el nacimiento de sus hijos, la Represa Yacyretá del amor, el sustento sexual necesario para las generaciones futuras.

-¿Qué decís, pelotudo? -le dijo Ezequiel, sin sacar los ojos del libro.

-Lo que escuchaste. Y ojo que es algo más que simplemente ponerla, eh. El quid de la cuestión está en la cabeza de la mina. De ahí que tenés que tener cuidado, porque no es joda eso. Mirá si…

Ezequiel apretaba los dientes más que en las noches de bruxismo. Si Alan, el pesado de Alan, la seguía con esa pelotudez, lo iba a mandar a la concha de su madre, y era muy temprano para abrir la primera interna en el viaje. Estaban a mitad de camino.

-Mirá si me pongo la musculosa roja que me compré en Río -retomó Alan-, la de Zé Pequeno, y la amiguita de Ayelén, la que no paraba de mirarme en tu casa el otro día, porque es muy mirona, se vuelve loca y no me la saco más de encima. Yo tengo una vida, una vida armada, establecida, estoy bien y contento con alguien, y mirá si la piba se me enamora, y me desenfoca de eso, del laburo, de mis asuntos, y me caga el viaje a Europa, la libertad, digamos, mirá si me rompe los huevos con mil mensajes por día, si me hincha para que haga un festejo por una boludés, porque, ponele, cambié el auto, como a este -Alan señaló a Sergio-; mirá si, en definitiva, no me deja vivir. Por eso tenés que tener cuidado ya no con ponerte una remera, sino un slip rojo.

Todo eso, Gordo Alan de mi vida, es lo que querés, pensó Ezequiel.

Sin embargo, no era planeado lo de Alan: era así, auténtico en esencia, y por eso era su amigo. Ezequiel le dijo a Sergio, como si fuera una orden, que se armara un porro para la ruta en vez de chichonear con el celular. Y le preguntó a Alan.

-¿Por qué carajo me contás la teoría de la remera roja?

-Por lo de Ayiu -dijo, desentendido, y arengó a Sergio con el armado.

Ezequiel caviló. Bajó los pies de la silla, agachó la cabeza y salió como un boxeador del rincón.

-Las flacas son bravas -dijo al aire, siempre con esa fingida solemnidad, impostando más que el sonido de las cuatro palabras, ante todo elegante, porque se había juramentado que era lo último que perdería en la vida-. Y, Gordo, cada uno es lo que tiene para dar.

-¿Sabés lo que pasa? -retrucó Alan, cambiando de tono, lejos del divague-. Vos no te enamorás: vos te enfermás.

Ezequiel se levantó con una carcajada. Se tiró hacia atrás la parte de la bufanda que le colgaba y se enroscó el cuello. Le guiñó un ojo. Se acercó al mostrador, compró unas mogul y salió. Se puso la capucha de la campera. Comió la mitad del paquete. Las medias cortitas le dejaban pasar el viento. Fue hasta un cuadrado de pasto con un cartel: “Sector fumadores”. Prendió un cigarrillo, porque volvía a fumar durante los viajes.

Esta vez, Ezequiel miró sin ver: a los autos con las luces que encandilaban, a los surtidores, a los playeros que cargaban nafta, a las personas que iban y venían con el termo para el mate, a las que corrían hacia el baño, a las parejas. A todo.

Cuando volvió, Sergio y Alan ojeaban las páginas de Deportes del diario. Sergi le dijo al Gordo si la B Nacional le interesaba tanto desde 2011 o desde siempre. Alan resopló como respuesta. Como gallina. Ezequiel aprovechó. Abrió el libro en las páginas en que el lápiz hacía de señalador.

Leyó. Se detuvo en un párrafo. Página 121, El palacio de la luna, de Paul Auster.

"No estoy hablando solamente de sexualidad ni de las permutaciones del deseo, sino de un espectacular derrumbe de muros interiores, de un terremoto en el corazón de mi soledad. Me había acostumbrado de tal modo a estar solo que no creí que algo semejante pudiera ocurrirme. Me había resignado a cierta clase de vida y luego, por razones totalmente oscuras para mí, aquella preciosa muchacha china había caído ante mí, descendiendo de otro mundo como un ángel".

Lo subrayó. Después, lo marcó a un costado con ondas, marcas incompresibles para la psiquis de cualquier otro humano. Y lo remarcó, punzando el límite de agujerear la hoja.

Cuando levantó la cabeza, sus amigos ya estaban afuera, yendo al auto. Agarró una gaseosa de limón y tres alfajores triples de chocolate. Alan era un depredador de dulces, y a Sergio le bajaba la presión a menudo después de fumar. Él lo necesitaba.

Cuando cruzó la puerta, sintió que era hora de poner un punto con Ayelén.

Se subió atrás. Sergio puso primera.

-Tomá, Gordo, para el postre.

Sin darse vuelta, Alan colocó la palma de la mano izquierda. Ezequiel le depositó el alfajor y notó en la muñeca dos cintas bebé como pulseras.

-¿Por qué la violeta? -le preguntó, dándole un tironcito.

Alan lo miró por el espejo retrovisor.

-Por si falla la roja.

lunes, 5 de junio de 2017

Elegancia

LA ELEGANCIA DEL SER 

Cuando el guerrero llega al borde del abismo de la muerte, salta en él en posición de combate; el bailarín se arroja en paso de baile, el místico en postura de yoga, el tonto tropieza y cae. Es notable lo que hace el elegante: antes de caer, se da vuelta y saluda.


Ninguna moral -es decir, un arbitrario código de costumbre determinado por las epocales conveniencias de quienes detentan el poder- justifica valorativamente la existencia humana.

Ni siquiera la ética -en cualquier caso una visión superior a la moral ya que nace de un esfuerzo voluntario por solidarizarse con la existencia de los prójimos- puede ser mencionada como una cualidad del ser, ya que tal ética nunca es espontánea.


Tampoco la belleza puede ser sustento ontológico porque, como decía Rilke, sólo es la tapa que oculta el horror de la existencia.


Sólo el estilo innato de las presencias puede ser considerado una manifestación propia del ser antes de que resulte condicionado por la experiencia social. A este sello precultural del ser lo denominamos elegancia, siendo su carencia la plena demostración de la no existencia del ser.


¿Eres tú elegante?


Es difícil reconocer las manifestaciones de elegancia del ser ya que existe una versión apócrifa que la imita: el psicópata seductor que obsequia amabilidad para rapiñar afecto, pasión o futuro; los astutos modales del comerciante que te acaricia tu dignidad para vaciar tu alacena; la elocuencia del hábil hablador que hipnotiza con su discurso para imponer sus designios.


En la vida cotidiana es más visible definir la elegancia a través de su ausencia.


a) No son elegantes las conversaciones que desincluyen a terceros. Tanto las anécdotas como las teorías que se mencionan en una charla deben ser comprensibles a todos los participantes. En todo caso si una presencia obliga a bajar el nivel de tal charla, es preciso interrogarse sobre el motivo de su presencia y la responsabilidad que le cabe a uno de que allí esté. Los elegantes mantienen un estado de copresencia mental en la que incluyen a todos los participantes del evento. Están al tanto de la comodidad o incomodidad de cada uno de los asistentes. No hay elegancia sin sensibilización. 

b) El que habla casi nunca es elegante. Tampoco lo es el que oye, sino el que escucha. El que oye espera el final de tu frase para él continuar con la suya. El que escucha, en cambio, intenta enriquecer la riqueza de tu oración, si de eso se trata, o va a encontrar puertas abiertas para los conflictos que tus palabras enuncian si tal caso fuera.
c) De los que hablan, es elegante el que habla de ti y no de sí mismo. Y más aún lo es el que no se refiere ni a ti ni a él, sino al extraño mundo que los rodea. 
d) No es elegante sufrir. Pero mucho menos lo es expresar tal sufrir. El padecimiento como toda peste es contagiosa y su vía de inoculación son los gestos y las palabras.
e) No es elegante tener. Como tampoco lo es no tener. Lo que es impecable es la desafección. Esa descuidada tendencia a olvidar la relación con los objetos.

Cerdos&Peces: Lo mejor, Enrique Symns, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2011

lunes, 15 de mayo de 2017

El último partido

Del tipo que tengo casi adelante recuerdo con lujo de detalles el día del debut y el último partido en Boca, y que había dicho que iba a jugar hasta los cuarenta años, que era una apuesta con el hermano.

En la tele del restaurante de pastas, un local modesto al costado de la Panamericana, pasan la repetición de Roma-Villarreal por la Europa League. Son casi la una de la mañana del 24 de febrero de 2017. En cuatro días cumplo años. 

Mira el celular por debajo de la mesa, la cabeza gacha. Carbura en la pausa. Dice, sin destinatario.

-Ese Totti juega bien, ¿no? El otro día me mandó la camiseta.

Entonces lo saca, y en el video lo veo a Totti, con una camiseta de la Roma entre las manos, que sonríe y habla, y a lo último del mensaje: "Saluti, fenomeno".

-Él sí jugó hasta los cuarenta -digo, como para ver qué pasa.

sábado, 15 de abril de 2017

Bardo

Nos reímos, los dos ahora. Con asquerosa naturalidad. Llenos de adultez, maduramente considerando los dos (pero sobre todo yo) a un conscripto el último día de su primer franco, conscripto que le dice a su novia en el andén catorce de Constitución la frase del siglo. El conscripto hace versos, cita a William Blake, tiene por delante un tren nocturno lleno de cantos de conscriptos, patas de pollo, olor a pis, empanadas, voces en falsete gritando traela al regimiento, o boludo, o por qué no le preguntás qué hace mientras vos limpiás caca en las caballerizas. Momento en que el Bardo majestuosamente musita que hay días, días en que me canso, días como hoy en los que tengo miedo de matarme. Y ella pregunta: "¿Qué?". Y él: "Nada, una especie de verso de Neruda". Y ella: "Es que no te oí, por el ruido". Y él: "Que a veces quiero matarme, escuchás". Y ella: "Sí, ahora sí pero no grites". Y él: "Me gustaría saber de qué te estás riendo". Y ella: "De que estamos gritando como locos, y que todos nos miran". Después, besándome un ojo: "Y que vos no vas a matarte nunca, subí".

Crear una pequeña flor es trabajo de siglos, Abelardo Castillo, "Cuentos completos", 2003

jueves, 30 de marzo de 2017

​Debord por Merlí

-Se llama Guy Debord. Según él, el nuestro es un modelo de sociedad que convirtió la vida de la gente en un espectáculo. Para este pensador, que no conocía las redes sociales, vivimos en una especie de pantalla global donde todo el mundo quiere ser visible a cualquier precio. Dicho de otra manera: si no te muestras, no existes. Por tanto, sólo cuenta lo que proyectamos de nosotros mismos en una imagen. ¿Qué opinan? ¿Creen que si no subimos imágenes nuestras a la red no existimos?
-Todos subimos fotos en Facebook.
-Yo no. Antes de tener un perfil en Facebook, prefiero que me cague un perro encima... No, no se rían, no bromeo, no. A mí no me gusta, yo no quiero compartir mi vida con tanta gente. ¿Qué demonios es eso? ¡Es mucho narcisismo! Todos subiendo fotos. "Miren qué vacaciones pasé, miren qué hijo más lindo tengo". ¿Y a mí qué me importa? ¿De verdad que no tienen nada más que hacer que fotografiar su vida y enseñársela a todos? ¿De qué sirve que todos estemos permanentemente informados de todo lo que hacemos? ¿Qué demonios es eso? ¿Dónde está nuestra privacidad? ¿Por qué tenemos que enseñar nuestras intimidades, como si fuéramos monos de feria sacando el pene ante el público?
-Eso es verdad. Hay gente que hace foto hasta al plato que se está comiendo.
-Sí, claro. Por no hablar de los que van a un concierto y, en vez de verlo, lo graban. Dejen de mirar la vida a través de una cámara y disfrútenla con los ojos y todos los demás sentidos. ¡Cómo echo de menos los teléfonos fijos! Según Guy Debord, el hombre se convierte en espectador de sí mismo cuando se ve reflejado en cualquier pantalla. Pero también se convierte en un ser pasivo, incapaz de tomar decisiones, incapaz de vivir su propia vida. Porque en lugar de vivir las cosas, consumimos ilusiones de las cosas. 

Merlí, capítulo 8, Guy Debord

sábado, 18 de marzo de 2017

Algún día llegaría

Es -no quiero que sea, quiero que sea, sé que va a llegar- el final.

Son las 17:47, y el micro recién encara por Chacabuco, la calle del camping del Club Estudiantes de Olavarría, punto de estacionamiento. Como nunca antes, llegamos cerca de la hora del comienzo del recital. Desde el último asiento, arriba, veo ese mundo que vi -vimos- tantas veces, y con ojos aguados, vidrio de por medio, porque ahí siento que es el final.

Ya no cuando un amigo capta señal en el celular, cerca de la una y media de la mañana, después del concierto, y me dice que informan que hubo muertos por una avalancha. Trece, siete. El show había sido interrumpido cuatro veces por Indio para pedir por favor que pararan con los pisotones y que intervinieran para ayudar a los caídos, y luego había dicho, fastidiado, que así andaba con pocas ganas de seguir.

No hubo trece, ni siete. Hubo dos -una gran cagada-, ninguno por aplastamiento ni asfixia. Pero a la carroña oportunista no le importa el número (no le importa nada de la organización, los accesos, los puestos sanitarios, nada de nada). Y nada fue diferente en términos generales a Tandil, Mendoza, Junín. Fue igual, mejor o peor ese regodeo en ocasiones simbólico con la muerte -en cuerpo y en alma- asignado tantas veces a nosotros, y trasladado ahora, sin escalas, a las bocas de los comunicadores mediáticos y detractores ensillonados, con dosis racistas, prejuiciosas, gusánicas, Pamelas David.

Opino que todo el tiempo todos opinan de todo. La vida como panel de TV.

Y sí: soy un negro cabeza que según las plumas de la moral no entiendo las letras. Si mañana -o dentro de un año, dos, tres- Indio vuelve a presentarse, voy a volver a ir, y así hasta el final. Aunque el final haya sido en aquel momento, cuando mis amigos tal vez se dieron cuenta de mi angustia, y decidieron recargarme con un abrazo de ese capitán no sé qué.

No hay en estas líneas -no puedo que haya- cobertura periodística, como la de Fero Soriano. Tampoco análisis político social, como este de Martín Rodríguez
El deseo de acabar con cualquier “referencia moral” que organice conflictos, que tenga una narrativa de la fractura, es también un signo de época. Ese “plus” molesto que impide pensar al Indio como un hombre solo de la música y su industria lo complementan también sus detractores que esperan siempre que asome la hilacha, que se vea la costura de su “doble moral”, la letra chica de su contrato, las exenciones impositivas, lo que sea que derribe el peregrinar creyente de tantos chicos y chicas, adultos y adultas hacia un lugar “mítico”. Silo habla en la Montaña. El Indio toca en Salta. Porque un Juan Carr es un Juan Carr, es de todos. Es nuestro “24 horas por Malvinas” ambulante de la guerra (perdida) contra el hambre y la pobreza. Pero Solari incluye una referencia ética para sus “fieles” (ahorrémonos, por Dios, la etnografía de esas “misas”) como si eso naturalmente se emplazara contra los intereses de aquellos que sólo quieren una Argentina del comercio y que en espejo son capaces incluso de acusarte de capitalista para defender el capitalismo. Como si para hacer capitalismo hubiera que declarar la fe en él, como si hubiera escapatoria, como si en la venta de entradas no se consagrara el principio de su orden. O, también, aparecen las conciencias del taller de costura del periodismo de rock a decir que el problema de la Argentina es el “fanatismo”, que esto empezó con Illia, que el rock es paz y amor. Dicho lo cual: todos toman demasiado en serio “esto que pasa” en torno al Indio. Como si no pudieran ver la exterioridad de una, llamémosle exageradamente, “creencia”, para ver en cambio una “amenaza” desbordante.
Ni siquiera relato en primera persona, como el de Claudia Cesaroni.
Entonces, lo único que había hecho la intendencia de Cambiemos, una aplicación sobre el recital llamada "Indio en Olavarría", no sirvió para nada cuando más falta hacía algún tipo de información. En vez de celulares inútiles podría haber habido carteles, volantes, personas identificadas (no policías, que no hacían falta, porque el clima era de absoluta alegría y fraternidad) que orientaran, puestos con agua fría y caliente, mapas, tachos para la basura, lugares para cargar los celulares y usar wifi, baños químicos, puestos sanitarios. Entonces, Olavarría se transformó en un meadero y un basural a cielo abierto. Ya me imagino las fotos del domingo y el lunes, comentaba yo: miren lo que hacen estos bárbaros. No me imaginé que además morirían dos personas, y todxs nosotrxs seríamos llamados "sobrevivientes". Cuando hablamos de la selectividad del sistema penal, podríamos dar como ejemplo la enorme cantidad de contravenciones que sucedieron el sábado y domingo (orinar en la vía pública, hacer choris en cualquier lado, transformar una ruta en un estacionamiento, circular en contramano, falsificar entradas, cobrar en negro miles de cosas, vender alcohol y tomarlo en la calle, tirar basura por doquier, etc.). Mientras veía todo eso suceder, sabía que a nadie se le ocurriría ponerse a labrar infracciones. Ahora, a caballo de lo que los medios instalan como "Tragedia", acabo de ver a un señor, supongo que es un fiscal, diciendo que van a investigar "todos los delitos" que se cometieron. Son los momentos en que odio más fuertemente lo habitual al sistema penal y sus caranchismos. Después, cuando veo el modo en que lo que sucedió se presenta en algunos medios de comunicación, el odio se reparte en partes iguales. No sé qué pasará ahora. Temo que nada bueno. Yo creo que le caen al Indio por lo mejor que es, no por todo lo que no funcionó en la organización de este recital, no por las puertas que no alcanzaron, ni siquiera por las dos muertes, que no creo le sean imputables ni siquiera en la mente carancha más afiebrada.
Son, de acuerdo, marcas distintivas en el medio de la podredumbre.

Lo único que tengo claro con el paso de las horas -que tuve, que tendré- es la tristeza: mirar para atrás y llorar, tratar de no ser ingrato, no apenarme dentro de las "normas" de los hijos de puta. En todo caso, con los míos, desde adentro, comiendo nuestro dolor a veces inexplicable, vitalmente inexplicable.

viernes, 10 de marzo de 2017

El viejo y el béisbol

-Santiago -dijo el muchacho.
-Sí -respondió el viejo.
Sostenía un vaso en las manos y pensaba en muchos años antes.
-¿Puedo ir a traerte las sardinas de mañana?
-No. Vete a jugar béisbol. Yo todavía puedo remar y Rogelio tirará la red.
-Quisiera ir. Si no puedo pescar contigo me gustaría ayudarte de alguna manera.
-Ya me invitaste una cerveza -dijo el viejo-. Ya eres un hombre.

***

Se consideraba una virtud no hablar innecesariamente en el mar, y el viejo así lo creía y lo respetaba. Pero ahora muchas veces decía sus pensamientos en voz alta ya que a nadie molestaba.
-Si los demás me oyen hablando solo dirán que estoy loco -dijo en voz alta-. Pero como no estoy loco, no me importa. Los ricos en sus botes tienen radios que les hablan y les dan los resultados del béisbol.

***

-Pero los hombres no están hechos para la derrota -dijo-. Se les pude destruir, pero no derrotar.
De cualquier manera lamento haber matado al pez, pensó. Ahora vienen los malos tiempos y yo ni siquiera tengo arpón. El dentuso es cruel, capaz, fuerte, inteligente. Pero yo fui más inteligente. Quizá no, pensó. Quizá tan sólo yo tuve las armas.
-No pienses, viejo -dijo en voz alta-. Navega tu rumbo y enfrenta cada cosa en su momento.
Pero tengo que pensar, pensó. Es todo lo que me queda. Eso y el béisbol. ¿Le habría gustado al gran DiMaggio cómo le di en el cerebro? No fue gran cosa, pensó. Cualquiera podría hacerlo. Pero, ¿tú crees que mis manos hayan sido un gran contratiempo como las espuelas de hueso? No lo puedo saber. Siempre he tenido bien los talones, salvo la vez en que estaba nadando y pisé una raya que me paralizó la parte inferior de la pierna y me dejó un dolor insoportable.
-Piensa en algo alegre, viejo -dijo-. Cada minuto estás más cerca de casa. Se viaja más ligero con ochenta kilos menos.


El viejo y el mar, Ernest Hemingway, 1952
Foto: Marilyn Monroe & Joe DiMaggio.

viernes, 17 de febrero de 2017

La competencia de las palabras

Marco Anelli, "Il calcio". https://goo.gl/o2QU6l
A Ezequiel le había empezado a molestar cómo Ayelén dejaba desenrollado el papel higiénico de los animalitos. Quería ver sólo al lobo, no al león, la jirafa, el hipopótamo y la serpiente, el reptil que le aparecía siempre –y en cantidades– en las pesadillas. Lo pensaba mientras caminaba hacia la cancha junto a Ayelén, aunque en verdad sabía que lo que le zumbaba en la cabeza era saber si eso era la convivencia, y si él era un cagón al sentir miedo por compartir algo más con alguien.

–¿Sabés cómo se llama ese olor? –lo sacó de ahí ella.

Ezequiel recién entonces sintió el pelo humedecido. Respiró hondo. Algo fuera de lo normal iba a salir de la boca de Ayelén. Lo tenía acostumbrado. La otra noche, mientras cenaban y se protegía con frases cortas, había visto cómo de la nada se subía a una silla para sacar de un manotazo, con la furia de Mike Tyson, el mosquito que reposaba en la pared blanca. Dudaba, durante esos arranques, si la conocía desde primer grado o si atravesaban los primeros minutos a solas. Hasta que se reía, lo contagiaba, y ya no elucubraba nada.

–¿Sabés o no? –lo apuró.

Anochecía. En el cielo del estadio, allá, relampagueó. Caían gotones. Ezequiel se adelantó. Esquivó a un pibe que cantaba una canción revoleando la remera. Escuchó el trueno.

–Petricor –dijo Ayelén, sin esperar respuesta–. Petricor se llama ese olor que sale cuando cae la lluvia sobre la tierra seca. ¿Se entiende?

Ezequiel le sonrió de costado. Giró la cara. Había dejado de pensar en los animalitos del papel higiénico. Llovía un poco más fuerte. Quería verla desde esa perspectiva, medir el ángulo con los ojos, porque ella sabía que lo miraba, y él que llegaba la parte en que ella se desentendía por completo porque le había ofrecido una palabra de su agrado. No pidió más explicación. Qué especial que sos, se dijo. Especial, en todas las acepciones, se dijo, como para ponerse en carrera en la competencia de las palabras. Por dentro, sin embargo, comprendía que esta vez corría de atrás, que le había clavado un dagazo en el estómago, porque el amor se siente como herida descontrolada en el vientre.

Lo intuyó como la única certeza mientras pensaba en siete cosas al mismo tiempo después de que se fumaran un porro. Miraba sin ver el recital que daba el equipo. "Hablame porque me doy vuelta como una media", casi que le suplicó. Ayelén se inclinó, y le dijo en el medio de la tribuna, al oído: "Te odio mucho". Parada un escalón arriba, le apoyó la mano en el hombro.

Petricor, leyó Ezequiel días después en la oficina, cuando gugleó, es la unión de petros, que significa piedra, e ikhôr, el néctar que fluía por la sangre de los dioses para convertirlos en inmortales.

–Sé que me voy a morir –le escribió por wasap, aunque era más romano que griego–, pero también sé que mientras esté vivo soy inmortal.

Ayelén lo leyó. Qué denso, pensó. Encastró el celular en el sillón. Salió al balcón. Fumó un cigarrillo. Entró y se recostó, de espaldas al ventanal, mirando el techo. Cerró los ojos. Comenzó a dormirse con el ruido de las primeras gotas que golpeaban el techito de chapa del aire acondicionado.

lunes, 9 de enero de 2017

Jackie Robinson (o tres trilogía)

Ciudad de cristal (1985)

1) En mi trabajo se suele encontrar un poco de todo y si uno no aprende a dejar de juzgar, nunca llegaría a ninguna parte. Estoy acostumbrado a oír los secretos de la gente y también estoy acostumbrado a tener la boca cerrada. Si un hecho no tiene relación directa con el caso, no me sirve para nada.


2) Recordar la sensación que produce llevar la ropa de otra persona.


3) La consecuencia era que el comportamiento humano podía comprenderse, que debajo de la infinita fachada de los gestos, los tics y los silencios, había una coherencia, un orden, una motivación.


Fantasmas (1986)


1) Poco a poco se vuelve más audaz en su deambular. Estamos en 1947, el año en que Jackie Robinson empieza a jugar con los Dodgers, y Azul sigue sus progresos atentamente, recordando el jardín de la iglesia y sabiendo que hay algo más en ello que simplemente béisbol. Una luminosa tarde de un martes de mayo decide hacer una excursión a Ebbets Field y cuando deja atrás a Negro en su habitación de la calle Naranja, encorvado sobre su mesa como de costumbre, con una pluma y sus papeles, no siente ningún motivo de preocupación, seguro de que todo estará exactamente igual cuando regrese. Toma el subterráneo, se roza con la multitud, se siente lanzado hacia una sensación de inmediatez. Mientras toma asiento en el estadio, le choca la nítida claridad de los colores que le rodean: la hierba verde, la tierra marrón, la bola blanca, el cielo azul. Cada cosa es distinta de todas las demás, totalmente separada y definida, y la simplicidad geométrica del dibujo le impresiona por su fuerza. Viendo el partido, le resulta difícil separar los ojos de Robinson, constantemente atraído por la negrura de su cara, y piensa que debe de necesitarse mucho valor para hacer lo que él está haciendo, estar solo delante de tantos desconocidos, con la mitad de ellos sin duda deseándole la muerte. Mientras el partido continúa, Azul se descubre vitoreando todo lo que hace Robinson, y cuando el negro gana una base en la tercera entrada, Azul se pone de pie, y más tarde, en la séptima, cuando Robinson dobla contra la pared de la izquierda, él aporrea la espalda del hombre que tiene al lado de pura alegría. Los Dodgers sacan en la novena con un bombo de sacrificio y mientras Azul sale arrastrando los pies con el resto de la gente y se dirige a su casa se le ocurre que Negro no le ha pasado por la cabeza ni una sola vez.

2) Pero las oportunidades perdidas forman parte de la vida igual que las oportunidades aprovechadas, y una historia no puede detenerse en lo que podría haber sido.

3) Desear decir no es ya haber dicho sí.


La habitación cerrada (1987)


1) En última instancia, una vida no es más que la suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.


2) –Después de todo dije, ya hace más de un año que se fue, casi un año y medio. Tienen que pasar siete años hasta que una persona muerta pueda ser declarada oficialmente muerta. Pasan cosas, la vida continúa. Imagínate: ya hace casi un año que nos conocemos.

Para ser exactos contestó Sophie, entraste por esa puerta por primera vez el 25 de noviembre de 1976. Dentro de ocho días hará exactamente un año.
Te acuerdas.
Claro que me acuerdo. Fue el día más importante de mi vida.

3) Durante más de un mes lo único que hice fue copiar pasajes de libros. Uno de ellos, de Spinoza, lo clavé en la pared: "Y cuando sueña que no quiere escribir, no tiene la capacidad de soñar que quiere escribir, y cuando sueña que quiere escribir, no tiene la capacidad de soñar que no quiere escribir".


La trilogía de Nueva York, Paul Auster